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Full text of "Misivas"

UNIVERSITY OF N.C. AT CHAPEL HILL 



00025247331 



ALEJAIDRO mm VÁZQUEZ 




MISIVAS 



CARACAS 
tipografía AMERICANA 

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MISIVAS 



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DEL MISMO AUTOR 



KN PRENSA : 

Críticas Literarias 



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ALEJAUDRO RIVAS VAZpi^Z 






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MISIVAS 



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CARACAS 

tipografía americana 

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Esta ot>ra es propieciaci de los Editores 



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Digitized by the Internet Archive 
in 2013 



http://archive.org/details/misivasOOriva 



PROLOGO 



AL MARGEN DE EAS MISIVAS 



La observación es el elemento más precioso 
para la elaboración de obras destinadas á hablar 
á las muchedumbres, á dirigirse á inteligencias 
de diversos grados y capacidades, destinadas á 
producir mas bien sensaciones que ideas, en- 
señanzas para el corazón que ilustración y sa- 
biduría para el pensamiento. 

Esa prolongación de la mirada del espíritu 
sobre las cosas para penetrarlas é iluminarlas, 
esa aproximación del alma á la naturaleza para 
examinarla de cerca y arrancarle la voz que 
ilustra al mundo y el colorido que encanta los 
ojos y puebla de visiones los horizontes de la 
imaginación; la observación, esa espada de la 
verdad que poda el misterio é inunda de cen- 
tellas su ramaje de sombras; la observación es 
el instrumento de mas difícil manejo en la eje- 
cución de obras como la presente que descri- 



XII 



ben fenómenos desarrollados á la vista de todo 
el mundo, detalles que juegan, por decirlo así, 
á nuestros ojos, escenas y cuadros cu3^a traduc- 
ción puede ser susceptible de rigurosas corro- 
boraciones por la contigüidad del modelo y su 
imitación, y puede dar lugar á exámenes de 
los cuales debe resultar, necesariamente, la ver- 
dad ó la mentira de los que manejan el pincel 
ó la paleta. 

La dificultad crece cuando se toman entre 
manos asuntos complicados por la variedad de 
sus faces y la multiplicidad de las cuestiones 
que presentan, ó cuando se trata de escudriñar 
las secretas relaciones que agitan á los seres en 
el centro de esta vasta confusión de armonías. 
Una cosa podrá tal vez ser conocida en sí misma, 
pero es casi imposible seguirla en las infinitas 
influencias que da y á su vez recibe de las 
otras cosas. Aún hay más. El inmenso engra- 
naje puesto en movimiento impide el conocimien- 
to de las piezas que lo componen. Todo conspira 
contra ese perfecto conocimiento. Los mil gua- 
rismos del Universo arrojados en el caos por 
el soplo creador se fraccionan y subdividen á 
su vez ; la belleza suprema, siendo tipo único, 
por ser una la verdad y la perfección, la vemos 
como desgajada, localizada en cada uno de los 
seres, prestándose á una multiplicidad que filo- 
sóficamente no le corresponde ; la torpeza misma 
de nuestros sentidos, llevando á nuestra alma 
nociones basadas en la simple apariencia muy 
propias para extraviar la observación, se presta 
al error y al absurdo, se hace espejo de as- 
pectos engañosos hasta el punto de hacer res- 



XIII 



plandecer un átomo como si fuera un sol, de 
hacer creer que un astro no es sino un átomo 
iluminado, de convertir para un alma timorata 
y sencilla las nubes en formidables realidades. 

He aquí el escollo de la observación. Ksta 
debe ser pura, serena, profunda como los abis- 
mos que debe sondear, sutil como los delgados 
caminos de lo desconocido, clara como la luz 
á cuyo encuentro sale, fuerte como la igno- 
rancia y la tiniebla cuyo influjo debe romper 
y cuyo imperio debe destruir, ágil y elástica 
como las ilusiones que tiene que alcanzar para 
desvanecer y poder presentar la verdad en todo 
el esplendor de su majestuosa desnudez. 

Imbuido en estos principios el autor de 
esta obra los ha aplicado con toda la gracia 
y toda la fuerza de su joven inteligencia. Parece 
que un genio sutil retoza en su imaginación 
y salta de frase en frase semejante á una llama 
vaporosa. Admirables rasgos de penetración 
circulan por sus páginas y se agitan sus pen- 
samientos en el examen de los caprichos feme- 
ninos, como se revuelcan los relámpagos y las 
nubes en el oscuro cielo de una tempestad de 
los trópicos. 

Conócese que ha acechado ese arcángel de 
alas rotas desterrado entre nosotros y prisio- 
nero en nuestros hogares por no serle posible 
remontar su vuelo á los cielos y á los astros. 
La mujei. ¡ Hermoso objeto para ofrendar las 
primeras cosechas de un espíritu naciente ! La 
pluma se perfuma con su contacto, el ideal crece 
más que la imaginación que lo contiene y se 
derrama en los libros en raudales de armonías, 



XIV 



la mirada se dilata como cuando se dirige á una 
estrella lejana ó á un horizonte infinito, la sen- 
sibilidad se acrisola 3^ magnifica, las facultades 
se ilustran y suavizan en la contemplación de 
la humilde planta de la belleza, el espíritu se 
siente sembrado de sueños cuyos renuevos en- 
cierran primaveras de mundos imaginarios y 
dichosos, el corazón se abre como una copa 
y se llena del vino de los Dioses y de las lágri- 
mas de la esperanza, la fantasía se puebla de 
cisnes como una laguna cuyas riberas estuviesen 
suspendidas de los cieloTí, el pecho se ensancha 
como si hubiese respirado un universo, y todo 
el hombre arrastrado por la ilusión y embebe- 
cido en el encanto, habla un lenguaje inven- 
tado en el paraíso, preludiado en la lira de 
la naturaleza y destilado palabra por palabra 
del viejo diccioiiario de los ángeles. 

El estilo del autor es caprichoso como la 
mujer que lo inspira, y se desliza como una 
larga vena al través de las páginas de su libro. 
Siendo moralista, el autor se hace insensible- 
mente poeta, y siendo poeta saluda de paso el 
templo de la filosofía Son tres soplos que se 
condensan y palpitan en esas páginas. El co- 
razón está en la raiz de todos sus pensamientos; 
fruto que no puede producir sino preciosas 
ñores ! ¿ El alma del autor llora ó ríe en su 
propia creación, y si ríe, ¿qué sonrisa alumbra 
sus labios? ¿Será producto del sarcasmo ó de 
la alegría, hija de la felicidad, ó retoño amar- 
go de una astilla de la decepción clavada en 
lo más hondo de su alma?... 

Creemos que el espectáculo' que presenta 



XV 



es el espectáculo de la debilidad de todo un 
sexo desarrollado diestramente en sus "Misivas"; 
espectáculo que nos lo muestra como quien 
señala un sombrío camino perdido entre colinas 
bañadas por la aurora 3^ cuya misma claridad 
hace resaltar las claridades que serpentean á 
sus bordes. Enseñar la noche en los cielos es 
enseñar también los astros del firmamento. 

La descripción que hace de hU Heroína es 
viva, ardiente y animada. Deshoja la corona 
de la hermosura, la hace caprichosa, coqueta, 
política, enamorada de sí misma para demos- 
trarle la valía de estas cosas, de estas tristes 
basuras de la scíida; la hace orguUosa para en 
señarla á ser humilde y hacerle ver las ri- 
quezas de la modestia; la hace rica y entre- 
gada al lujo para dirigir todos los movimientos 
de su corazón hacia la caridadque se alimenta 
en su mayor parte de los bienes del mundo, 
y hacia la piedad que los desprecia en prove- 
cho de las miserias de la humanidad. 

Un tinte de suave melancolía inunda sú- 
bitamente sus frases como lágrimas despren- 
didas de su pluma. Explota la poesía de 
los recuerdos y evoca las primeras sombras de 
la niñez, vagas y semitristes como las sombras 

del Elíseo Ah! Cada hombre reproduce en 

su historia la gran historia de la humanidad! 
¿ Quién no ha tenido un paraíso en su cuna? 
¿Quién no recuerda los primeros días de la 
vida como los más felices de todos, bien así 
como las tradiciones rememoran una edad de 
llores y delicias en la infancia primitiva de 
las generaciones? ¿Quién no llora un inmenso 



XVI 



bien perdido como las musas de los siglos lloran 
la edad de oro? La historia del individuo y 
la de los pueblos marchan paralelas y tienen 
fisonomías análogas, siendo la una la miniatura 
de la otra. La existencia aislada del hombre 
combinándose con la de los otros hombres for- 
ma la gran red de los anales humanos, así como 
el manantial al desposarse con sus compañeros 
forma el lago y como el zumbido de la ha- 
cendosa abeja forma en los bosques el estruen- 
do de las colmenas. 

¿Queréis poesía?.... mirad hacia la infan- 
cia. La poesía es un niño, es un sueño infan- 
til de las razas, es una virgen que espera al 
día en el valle de las primeras ilusiones. La 
cuna es la primera lira que resuena en nues- 
tros oídos, la sonrisa de la madre es la última 
claridad que alumbra nuestras ruinas al des- 
plomarse en el sepulcro, los recuerdos son las 
postreras mariposas que revolotean ante nues- 
tras miradas moribundas y a^^ompañan fieles 
nuestro ataúd á los sombríos palacios de la 
eternidad; los amores nacidos en los tiernos 
años y esas memorias vaporosas que impre- 
sionan nuestra inocencia se prolongan y per- 
fuman toda nuestra vida con un aroma que no 
nació en el mundo ni conocieron las flores de 
la tierra. 

Esta poesía es muy propia para conmover 
y embriagar dulcemente los corazones. La mu- 
jer la absorbe con fruición inefable porque ve 
en ella un alimento muy propio para mante- 
ner siempre lozana la eterna niñez de su fe- 
cunda naturaleza. El autor de esta obra así 



XVII 



lo comprende y trata de revivir la virtud de 
su heroína con las brisas y los colores de la 
edad inmaculada. La conjura, la llama hacia 
el pasado, le asoma las imágenes de los tiem- 
pos queridos, le recuerda los juegos sencillos 
y las escenas pastoriles desarrolladas sobre los 
céspedes de la campiña, le trae al oído y al 
espíritu esos acentos divinos que no se escu- 
chan sino una sola vez en la vida de los hom- 
bres, porque mueren con la edad de las pa- 
siones y huyen con la inocencia de los años. 

¡ Cómo palpita nuestro ser al toque de esa 
vara mágica ! Produce una emoción mezclada 
de tristeza y de alegría, de felicidad y de due- 
lo, de sonrisas y de lágrimas, de claridad y 
de sombras, haz misterioso donde se entrela- 
zan y confunden las rosas de la vida y las 
siemprevivas del sepulcro. 

Las ideas se inundan de sentimiento, como 
si el corazón se hubiese refugiado en la inte- 
ligencia, y el numen respirando el humo de 
esas cosas desvanecidas y removienrlo esas ce- 
nizas tan queridas, adquiere la majestad de 
las lágrimas y participa de las sustancias in- 
corruptibles. ¿ Quién desconocerá jamás al fan- 
tasma de nuestra primera felicidad que se 
presenta de repente á nuestra imaginación y 
nos habla el lenguaje de los ensueños? Las 
canas hu^^en, las arrugas se desvanecen, las 
pasiones ceden y dan tregua á los puros afec- 
tos, la carga de la vida cae al suelo un ins- 
tante al quitarnos con el pensamiento los años 
que nos separan de la niñez, el espíritu se 
despoja de la malicia y se viste de celestes 



xvni 

irradiaciones y el corazón abierto á las más 
puras emociones se ensancha en el amor y la 
virtud y se dilata en los círculos de la es- 
eranza. 

i Oh mujer ! retrocede en tu camino y 
vuelve al altar que abandonaste ! Abate tu 
orgullo, sella tus labios desdeñosos con la ora- 
ción que sube al cielo, barre de tu frente 
esas arrugas trazadas por el arado de la so- 
berbia, conforma tus sentimientos á la verdad 
y no al fingimiento, ese frágil sofisma del 
carácter ; enciende en tu alcoba una lámpara 
á la piedad que purifique tus sienes, las pue- 
ble de azahares de luz y las corone con los 
pensamientos de los ángeles ; huye de los se- 
cretos del mundo y de los misterios de la so- 
ciedad como quien huye de una sombría ca- 
verna donde reinan los pavores de lo desco- 
nocido y se dibujan en monstruosas siluetas 
los perfiles gigantescos del crimen ; aparta la 
vista del vacío de las cosas fútiles, de los 
falsos oropeles, de las nimias exterioridades y 
penetra, para que imperes, en el reino de las 
almas ; abandona, en fin, toda esa multitud 
de. ligerezas que anublan la idealidad de tu 
ser, así como el árbol suelta á los vientos las 
hojas secas despojando la verdura de su fo- 
llaje de esas páginas mustias de otoño escri- 
tas por el genio de las ruinas. 

En síntesis, hé aquí el fondo de la obra 
y lo que el autor dice á la mujer en el fácil 
estilo de sus (f Misivas.» A las primeras que 
le dirige ella se irrita y contesta con morde- 
duras de serpiente. El rebelde se traga el 



XIX 



veneno de la cólera y prosigue imperturbable 
su tarea. Hace uso de la impasibilidad, el 
arma más poderosa y que más estragos hace 
en un alma de mujer, i Pincelada magistral 
que convierte en genial artista á la mano que 
la raza ! Tal arma prepara el triunfo de la 
verdad y abre una puerta al arrepentimiento 
quien no se deja esperar mucho tiempo es- 
tallando en amargo torrente, en tristes recri- 
minaciones hacia la misma que los vierte, en 
palabras propias de un visionario que sorpren- 
diese abiertos los postigos del arcano. Enton- 
ces se siente una impresión de paz intensa, 
porque se ha restablecido el equilibrio en un 
espíritu medio derrumbado en el vicio, que- 
bradas ya las alas contra el abismo, entrega- 
do á la esclavitud de las preocupaciones, ex- 
puesto á perecer bajo el filo de las pasiones 
y bajo el rayo de las tempestades mundanas. 

Mujer !, levanta la frente y seca las lá- 
grimas, pues desde esta postrer derrota es que 
comienza tu verdadera felicidad ; lo que creías 
dicha era desgracia, lo que te parecía natu- 
ral reñía con los principios de la naturale- 
za ! . . . j abrazabas, sin saberlo, el espectro 
de la muerte ! . . . 

Pero i ah ! ya despertó el día y el carro 
de la noche se aleja hacia otros mundos. Las 
brisas bajan, vienen del cielo, sollozan en los 
copudos limoneros. Un ave desconocida cruza 
el vago espacio : es un alma que canta la 
canción de la inocencia y se lleva para su nido 
las tristezas del corazón. Mira esa estrella \ oh 
mujer! . . . Ella también te mira y te cree 



XX 



digna de sus desvelos. Mas, sacude tu dolor, 
no temas. Ya eres pura. Levántate y vé tran- 
quila á sonreírte con la aurora. 

I.UCIANO HENDIBLE. 



MISIVAS 



•íBórticoí 



ji de enero de igoi. 

Una de estas tnañanas^ cuyas densas neblinas han 
impedido al viejo sátiro calentar la Tierra^ la joven 
hembra aterida y espasmódica, llegué á encontrarme 
solo en la elegante biblioteca de tni amigo Enfique^ 
quien desde temprano había salido con su esposa a 
cabalgar por ese bellísimo caracol de ^^ El Calvario '^ 
que extiende sus vueltas hasta la cumbre del mofite. 

Hurga?ido los papeles de mi amigo, jijó mi aten- 
ción un manuscrito primofosamente encuadernado. En 
su carátula leí : ' ' Historia de mis amores, ' ' y leí, 
después, el contenido de los folios, y otras mañanas de 
frío y tardes de bochorno, de ellos extraje el texto 
de Misivas, 



PRIMERA 



Señorita *: 



Tentado estoy de creer que al recibir esta 
misiva habrá de latir con violencia vuestro co- 
razón emocionado y habrán de plegarse vuestros 
labios rojos, para ostentar, llena de gracia, 
vuestra resplandeciente y blanca dentadura de 
marfil. 

Habréis de pensar, sin duda, que ella en- 
cierra alguna nueva declaración de amor, de 
esas que á menudo os dirigen jóvenes apasio- 
nados que vuestra singular belleza y níisterio- 
sos atractivos traen atados fatalmente al carro 
de vuestros altivos desdenes y excéntricos ca- 
prichos. 

Pero no poca extrañeza habrá de ocasio- 
naros contenido tan rebelde á vuestro despó- 
tico imperio de virgen deidad y tan distinto 
á los halagos que de ordinario os tributa pró- 
diga la estulticia, interesada en cerrar vuestras 



8 ALEJANDRO RIVAS VÁZQUEZ 

pupilas, profundamente negras y hermosas, á 
la luz de la evidencia y vuestros oídos de ar- 
ti.-5ta, al sonido ingrato que generan las ver- 
dades amargas. 

Admiro y vivo genuflexo ante vuestra her- 
mosura radiosa. De vuesrra negra y brillante 
cabellera, cuyos crespos rizos envuelven, seme- 
jando hondos surcos, el contorno escultural de 
vuestro cuello, yo sueño las finas hebras para 
atar mi alma á la perpetua ilusión. De vues- 
tras albas mejillas, de vuestras combadas cejas, 
de vuestra boca diminuta y de vuestra barba 
magistral de estatua griega, ha tiempo que es- 
tampé su imagen en mitad de esa viscera que 
se llama el corazón. Pero, perdonadme, señorita, 
lamento con tristeza sombría de tan lindo que- 
rubín la última pasión dominadora. Sois polí- 
tica 

De antaño los recuerdos, cuando niños 
jugábamos en el huerto al escondite, entre las 
breñas ocultos, bajo la sombra de los altos y 
tupidos limoneros y correteábamos ni salir el 
sol sobre las húmedas yerbas tras las vacadas 
y las cabras, se agolpan ahora en mi memoria, 
reproduciendo con viveza las escenas de vuestra 
ternura compasiva y de vuestro irritado len- 
guaje de amor, el que usabais para reprochar 
á las aves las súbitas esquiveces de su vuelo; 
y, más tarde, cuando á lumbre del hogar, ador- 
mecíais con el arrullo de cantares abolengos 
vuestras muñecas elegantemente vestidas que 
no osaban tampoco lanzar una queja cuando 
las reprendíais con severidad adusta, siempre 
noté que mi alma os tributaba un culto de in- 



MISIVAS 9 

genua admiración y presentía para vos un por- 
venir feliz. 

Mas los tiempos han cambiado. Habéis 
cumplido ya los diez y ocho años y sois una 
señorita que asiste con frecuencia á las repre- 
sentaciones teatrales y á los saraos de la alta 
sociedad. De la niña angelical de la otra época, 
que me hacía pensar cjn insistencia en los ino- 
centes amorcillos del arte pagano, sólo quedan 
en vos los rasgos de vuestra soberana belleza, 
acentuados hoy en las curvas victoriosas de 
la adulta. 

Y seríais dichosa ,. tal vez lo sois! Pero 

nada contrasta tanto con la sublime misión á 
vos confiada por el Ser Supremo, como vuestra 
persistente locura de la pasión política. 

Sois mujer, y, como mujer, debíais de 
vincular en la radical diferencia al hombre, el 
poderío incontrastable que ella ejerce en los 
destinos de la sociedad humana. 

A vos chocan, señorita, no lo neguéis, 
mejillas de varón coloreadas de carmín y tilles 
de hombre prisioneros de un corset; os repug- 
nan instintivamente de nuestro sexo afemina- 
mientos y afectaciones tnujeriles y reventáis 
de risa ó agonizáis de rabia cuando veis á 
alguno de nosotros con delantal en la cocina 
ó manejando ruecas y agujas. 

Asimismo nosotros los hombres no gusta- 
mos de mujeres á la usanza masculina. 

De hinojos nos postramos reverentes á di- 
rigir la plegaria del amor y el himno de ala- 
banza á ese Dios que Dios mismo formó de 
nuestras carnes, y, en cambio, sólo le pedimos 



lO ALEJANDRO RIVAS VÁZQUEZ 

que se conserve digno sobre el ara augusta de 
su altar. 

A sus plantas quemamos el incienso de 
nuestra aspiración infinita; depositamos en su 
turgente seno el talismán de la ilusión y la 
esperanza; ciframos en la intensidad de sus mi- 
radas el sino fatal de nuestras vidas; corona- 
mos de blancos azahares su frente virginal y 
la rodeamos de la aureola luminosa del amor 
y la virtud. 

Mas no abdiquéis jamás de los dones y 
gracias naturales que el cielo depositara en la 
estructura exquisita de vuestro organismo; no 
apostatéis nunca del amor y la virtud; no tro- 
quéis en mustias las lozanas y fragantes flores 
que os hemos consagrado, ni burléis nuestras 
ilusiones sacrosantas ! 

Mas aún, haced de todo si gustáis; pero 
no nos mostréis la exaltación de vuestros ner- 
vios en las pasiones varoniles. Y de todas las 
pasiones que aguijonean la actividad del hom- 
bre, ninguna más odiosa, ninguna más vio- 
lenta, que la pasión política. 

Al descender de vuestro trono para daros 
de codazos con nosotros y confundir la poética 
harmonía de vuestra voz en la ronca grita de 
nuestras habituales polémicas, os habéis hecho 
nuestras iguales y habéis trocado vuestra corona 
de Reina y vuestro cetro de absoluta soberana, 
en la musculatura del atleta, digna de admi- 
ración pero nunca de respeto. 

¿Y será incentivo acaso á la sutileza dt 
vuestros pensamientos — que de ordinario se es- 
pacían en la región paradisíaca de la idealidad 



MISIVAS II 

y de los sueños— la turbulencia y asfixiante pe- 
santez de nuestra atmósfera política? No ha- 
béis mirado bien, señorita, los nubarrones 
sombríos que tapizan el cielo de nuestro cir- 
co democrático. Las tempestades que de ellos 
á veces se desprenden, se desgajan sobre 
nuestras cabezas calcinando lo que ha}^ toda- 
vía de puro y de inefable en la conciencia de 
los hombres; su rayo extermina, pulveriza las 
pocas ilusiones que nos quedan; su trueno, más 
aterrador que el zumbido de la tormenta en 
el océano, al brotar por la siniestra boca de 
los cañones y de la fusilería, siembra el es- 
panto y la locura en el alma de la Patria; sus 
relámpagos, continuos y violentos, deslumhran 
las pupilas y dejan muerta y rígida dentro del 
corazón la pía nobleza de todos los senti- 
mientos. 

Ah! no sabéis lo caro que nos cuesta el 
ideal republicano. Lago de sangre, tabernáculo 
de oprobios, ruta de miserias, apoteosis del do- 
lor, eso es la lucha que sin tregua los ciuda- 
danos venimos sosteniendo va ya para una cen- 
turia; y cuando nuestras fuerzas fatigadas sien- 
tan rendir el ímpetu de su ardor á los fieros 
golpes de los adversarios, á quién entonces im- 
petraremos ánimo, qué tierra tocaremos como 
Anteo? 

La luz de vuestros ojos, la frase de vues- 
tros labios, el amor de vuestras almas, la poe- 
sía de vuestro ser, vuestras manos cargadas 
de laureles y coronas para los héroes victo- 
riosos, de caricias y consuelos para los infor- 
tunados vencidos. 



12 ALEJANDRO RIVAS VÁZQUEZ 

Ya veis cuan distinta debe ser vuestra in- 
tervención en nuestros combates de política. 
Si la ejercéis sacerdotalmente, como esos entes 
sublimes que han constituido la noble Herman- 
dad de la Caridad, y restañáis las heridas de 
nuestro corazón con el bálsamo dulcísimo de 
vuestros himnos y plegarias, no encontrará tal 
vez nuestra gratitud, besos ni lágrimas bas- 
tantes para cubrir vuestras manos piadosas; 
pero si. al contrario, arrebatadas por los odios 
banderizos queréis terciar en nuestras luchas 
ofendiendo ó defendiendo con el arma única que 
sabéis esgrimir: el calificativo, injuriante para 
el contendor y laudatorio para el amigo, en- 
tonces no lan/éis una queja ni un reproche á 
nuestra actitud irreverente y torpe, ni maldigáis 
tampoco el brazo qne descargue en vuestro rostro 
de muñeca el terrible puñetazo de su encono. 

He usado para vos de ruda y singular fran- 
queza. No culpéis sino á la inmensa estima- 
ción con que os distingo. Venced la funesta 
obsecación que de días atrás se ha posesionado 
de vuestro genio, apacible y candoroso, con- 
vertido en agrio y de antipatías inevitables 
cuando insulta y cuando befa. Sois muy joven 
todavía; combatid, pues, los microbios de esa 
epidemia que saturan el ambiente nacional y que 
están inoculados ya en vuestra sangre, con la efi- 
caz medicación de vuestra ternura pasional, y re- 
servad la gualda y rojo de vuestros gloriosos 
pabellones, para colocados en el taller de una 
modista. 

4 de febrero de 1900. 



SEGUNDA 



Señorita 



Una de vuestras íntimas amigas ha puesto 
en mis manos una esquela que autoriza la 
elegante firma vuestra. 

Días de anhelos infinitos y noches de som- 
bríos desvelos habían trascurrido para mí, que 
tiemblo, como tallo de violeta cuando lo azota 
el huracán, ante los desdenes de una dama. 
Pero habéis sido generosa . . . 

La vanidad de vanidades que forma el 
hálito del mundo, ha prendido también en mi 
alma algo de sus fuegos y sus humos. No 
he podido resistir al deseo de que las mira- 
das del público se fijen en la contestación que 
habéis dado á mi carta para vos. Si mi con- 
ducta es indiscreta, me comunica alientos la 
esperanza de que á pesar de sus lívidos fu- 
rores siempre los labios de la mujer son pro- 
picios á la palabra del perdón. 

Dice vuestra esquela : 



l6 ALEJAxNDRO KIVAS VÁZQUP:z 

« Nunca le creí á usted tan majadero. Si 
soy política, es cosa que á mí sola me in- 
cumbe ; si soy coqueta de caprichos, lo soy 
por darme gusto y un 'poco de rabia á los 
hombres que cometen la tontería de fingirme 
pasión y de exhalar, cuando se encuentran á 
mi lado, suspiros que mucho se asemejan á 
bostezos de fastidio. Es usted un borronea- 
dor de cuartillas que escribe para que los im- 
béciles le crean un joven de talento. Qué no 
podemos ser políticas, qué necio ! Qué tienen 
ustedes de más que nosotras? Mejor lo haría 
usted quedándose tranquilo y no entrometién- 
dose en nuestros asuntos que sólo á nosotras 
nos atañen. No olvide nunca que la víbora 
es incisiva y destila muerte en sus venenos 
y las mujeres somos víboras cuando ustedes 
son tiranos. Dice usted que soy bonita ? Guá, 
qué florista ! . . . vaya que le ha sahdo ser 
galante alguna vez ! Frecuentemente río con mis 
amigas de su simplicidad cuando habla con 
mujeres, que más parece un diputado, [juzgo 
yo], discutiendo en la Cámara una ley de pre- 
supuesto. Esa avispa que ha comido y que 
me tiene tan admirada, — hasta me atemoriza, 
porque tal vez pueda suceder un cataclis- 
mo, — me hace dispensarle el honor de esta 
respuesta. Termino diciéndole que se guarde 
bien de ofender á las mujeres : somos los 
peores enemigos.)) 

Vuestra cólera me encanta. Así, irritada 
y vengativa tenéis algo de sublime que redime 
mis conceptos. La traición de vuestros odios 
os levanta un trono y la sublevación de vues- 



MISIVAS 17 

tras furias os hace olímpica : ídolo, sentaos 
en ese trono ! 

Decís verdad y como la verdad sois au- 
gusta. Sólo que diciendo la verdad os habéis 
equivocado respecto del hecho que la paten- 
tiza. Seréis víboras porque os tiranizan los 
hombres, ó seréis víboras porque desgarráis 
nuestra idealidad é ilusión con los filos de ese 
vuestro envenenado colmillo, la coquetería? 

Vos lo habéis dicho : sois coqueta de ca- 
prichos por daros gusto y un poco de rabia 
á los hombres ; y vos, como todas, nunca 
seréis mejor creída que cuando os acometan 
raptos de iracundia irrefrenable. 

Ah ! cómo se comprende que estáis acos- 
tumbrada á jugar despreciativamente con los 
corazones inc^^utos rendidos á la magia de vues- 
tros hechizos ! Habéis dejado leer en vuestra 
conciencia los ocultos pensamientos. Vuestra 
franqueza desenvuelta los ha puesto de relieve 
haciendo luz en las tinieblas de CvSe abismo. 

Pensáis . . . señorita, oíd lo que pensáis. 

Cuando rendís ante el espejo la diaria 
oblación á la belleza radiosa de vuestra hechu- 
ra, os' decís monologando en alta voz : qué 
tontos son los hombres ; pretender que mu- 
jeres lindas consagren á cada uno de ellos 
la plenitud de su pavSión, cuando mil veces 
mejor es no amar á ninguno y esperanzarlos 
á todos, para que todos se postren de hinojos 
en sumisa esclavitud ante nosotras. 

Cuando visitáis el templo y hacéis frente 
á la Divina Majestad expuesta una profunda 
reverencia, para ostentar la cimbradura de 



1 8 ALEJANDRO RIVAS VÁZQUEZ 

vuestro esbelto talle, el diablillo de la coque- 
tería os sopla allá dentro que todas las mira- 
das convergen hacia vos, como si elevasen un 
himno de muda adoración á la radiante es- 
plendidez de vuestras gracias. Y sonreís bea- 
tíficamente, de tal manera, que algún viejo 
santurrón de inocencia y castidad repleto, os 
creería en sublime arrobamiento, y que vuestro 
espíritu ha volado al paraíso á conversar con 
Dios y con los ángeles. 

Cuando vais al Teatro y recostada indo- 
lentemente en la butaca de un palco apoyáis 
la barba en la palma, color de rosa y nieve, de 
vuestra mano, recorréis la sala con mirada 
indiferente, como adormecida por extraña laid- 
tud y hacéis al final de cada paseo de vues- 
tros ojos una mueca desdeñosa, para signi- 
ficar al público que él no es digno de que 
vuestro temperamento de artista experimente 
sensaciones de placer en su presencia, aun 
cuando allá dentro estalle la risa en continuas 
y violentas carcajadas y sufra de alegría vues- 
tro pecho súbitas inundaciones. Qué vulgari- 
dad, confundir vuestra estética con los in- 
genuos arrebatos de la plebe ! . . . 

Cuando la orquesta preludia las voluptuo- 
sas armonías de un valse, comunicáis á vues- 
tro cuerpo la vaporosidad de una ninfa cuando 
encanta, como si pretendieseis huir al país azul 
de la quimera en busca del príncipe rubio que 
os dice la fantasía haber soñado para rodear 
la regia modelación de vuestra cintura. 

Cuando en las tardes de verano el sol 
oculta tras el horizonte del Poniente sus rayos 



MISIVAS 19 

de oro que iluminan vuestra cabellera, hacien- 
do brillar sus hebras como manojo de relu- 
cientes culebrillas negras, os sentáis en la ven- 
tana á fingir que leéis las páginas de un libro 
y fruncís el ceño como deidad esquiva, para 
que el peregrino de la vida, el joven que 
busca ansioso por el mundo alma grave de 
mujer que unir á su existencia, se maraville 
de vuestra seria distracción, pues ni siquiera 
levantáis los párpados como absorbida en las 
páginas del libro. Y sin embargo, miráis de 
reojo y en todos procuráis prender el fuego 
del amor. 

MaevStra del disimulo ! 

Mientras tanto, no advertís al tierno ro- 
mántico que tiembla de celos y gime de es- 
panto ante la duda pavorosa que vuestra co- 
quetería engendró en los puros senos de su 
espíritu. 

Nunca había amado. Os vio un día y su- 
pisteis cautivarlo. Después le disteis esperan- 
zas, treguas á su pasión, que fueron alientos 
de vida que la hacían pujante, y reticencias 
de enamorada que temía la burla, y cuando 
hubisteis comprendido que os pertenecía su 
voluntad, comenzasteis ese supliciante vejamen 
que afrenta su alma y diseca la piel lozana 
de su cuerpo. 

Ya no es hombre : sus formas se han dia- 
fanizado y le comunican aspecto de ser extra- 
terreno. De noche entona contrito, á media 
voz, la plegaria de sus ideales, — psalmo irri- 
sorio de la desventura, — y de día os contem- 
pla de lejos para no incurrir en vuestro enojo. 



20 ALEJANDRO RIVAS VÁZQUEZ 

Lo habéis domeñado al punto de que ya 
no exhala voces quejumbrosas y dolientes cuan- 
do sonreís á otro, ni profiere maldiciones cuan- 
do juráis amor con la traidora visual de vues- 
tros ojos. 

Decidme, señorita, ¿en virtud de qué se- 
creto poder manejáis la red de tantos hilos 
que tiran de tantas almas como cabos aprisio- 
nan vuestras manos? Nunca habéis temido 
quedar envuelta en ella? 

Mirad que nada hay más peligroso que 
la cólera de un corazón apasionado. Y vos, 
no provocáis la de uno sólo, sino la de esa 
muchedumbre que os rodea rumorosa y fati- 
gante, cual enjambre de abejas alrededor de 
una colmena. 

¿No os conmueven, acaso, ni os remuer- 
den la conciencia, los ayes sollozantes de tan- 
tas víctimas? Tenéis el alma empedernida en 
la ejecución de tanto crimen? 

No puedo creerlo. Estáis muy joven to- 
davía . . . 

Apiadaos de ios hondos sufrimientos de 
aquella alma enferma y levantadle, con un 
torrente de sinceridad amorosa, el fúnebre su- 
dario que la envuelve extinguiendo la luz de 
sus ilusiones quebrantadas y de sus esperan- 
zas ya marchitas. 

28 de febrero de 1900. 



TERCERA 



Señorita 



A vos, para quien deseo la absoluta perfec- 
ción y la eterna bienandanza, recuento, para 
hablaros de vuestro ensimismamiento, de vues- 
tro pagamiento de vos misma, vuestro amable 
y original 

^ COI.OQUIO 

Alma mía ! 

Te has vuelto caprichosa y te das hu- 
mos de sultana predilecta. Para tí se han 
muerto las francas alegrías 3^ ya no sube á 
tus mejillas la onda de sangre roja que so- 
plaba en tus venas el clima de los campos. 
¿Dónde ha huido la juguetona inspiradora de 
tus cantos, dónde ha ido á ocultarse la ri- 
sueña travesura de tus días dichosos, cuando 



24 AI.EJANDRO RIVAS vizQUEZ / 

me requebrabas con frases galantes, diciéndo- 
me mil cosas tan bellas y tan gratas que me 
henchían de orgullo y de pasión ? Lozana 
y festiva labradora de los montes, ¿ por qué 
has cambiado la serenidad de tu ignorancia y 
lo feliz de tu inocencia en la voluptuosa me- 
lancolía y aires de coquetisnio de las jóvenes 
que habitan la ciudad y pueblan su mente de 
leyendas exóticas y cuentos de color ^ 

Sufres, ¿no es cierto que sufres? Triste y 
silenciosa vives, asomada al balcón de tu es- 
peranza, anhelando, romántica y sombría, que 
llegue amoroso á las rejas el gallardo mance- 
bo de tus tiernos ideales. ¡ Qué mejor hubiera ' 
sido para tí permanecer en las agrestes sole- 
dades de la selva, revoloteando con las aves 
en los amplios copos de los enfilados sama- 
nales y aspirando, sin arisias ni deseos, aquel 
ambiente oloroso á frutos y á ñores into- 
cadas ! 

Estás desconocida. Tal vez algún genio 
malévolo te habló al oído de sus hadas y sus 
ninfas, llevándote en alas de su extravagante 
fantasía al país de sus quimeras y mentidos 
amoríos. ¡ Oh mi alma !, no hagas caso de 
sus perversas insinuaciones, ni creas tampoco 
en sus paraísos escondidos ni en sus esplén- 
didos harenes. 

Acaso extintos en tu mente se encuen- 
tran los recuerdos ? Tan pronto olvidaste las 
mañanitas de neblina, aquellas mañanitas de- 
liciosas en que solías llevarme al pico de los 
cerros á contemplar desde la altura las pe- 
numbras cerúleas de los bosques y el rumoroso 



MISIVAS 25 

cascabel de las vertientes que corrían hacia el 
valle en espirales de espuma ? Y aquellos días 
de sol en que todo reverdecía en la pradera 
bajo la regia claridad de un cielo azul ? 

Vuelve á mí. Mira que 3^a marchitas con 
tus esquiveces y desdenes el tejido de mi piel, 
y tornas pálidas, amarillentas y horribles, las 
róseas coloraciones que me hacían envidiable- 
mente bello. Tú me lo decías, te acuerdas? 

Ya no me amas, y . . .si supieras ! . . . 
En conñdencia, alma mía, y violentado por 
una tempestad de celos, te lo voy á decir : 
yo te adoro ! 

Cuando tu eras la otra que me querías 
mucho y no contrariabas mis deseos, yo so- 
ñaba en la reclusión de una gruta encantada 
para tí, donde pudiera rendirte el culto de 
mis amores, sin que fuese turbada la quietud 
serena de mis expansiones y mis ruegos. 

Admiraba tu candor, la sutileza de tu in- 
genio, tus sentimientos delicados y exquisitos. 
Experimentaba cierta fruición misteriosa cuan- 
do te sentía golpeando allá en mi cráneo con 
insistencia de chiquillo, para manifestarme tus 
ideas y acariciarme con tus besos pensadores. 

Yo te sentía dentro de mí, dirigiendo con 
singular cuidado mis menores contracciones, á 
fin de que el iris dé mis ojos y la comisura 
de mi boca, fuesen la imagen permanente y 
viva de la gracia, comunicando á mi voz dul- 
ces inflexiones y armonías y haciendo brillar 
mis negras pupilas con suave irradiación, donde 
al final de cada haz luminoso te encontrabas 
tu, linda y seductora, mi adorada. 



26 ALEJANDRO RIVAS VÁZQUEZ 

Hoy, cuáii distinto ! Hoy te ocultas en 
no sé cuál de mis grieta? interiores y te llamo, 
y tú, ingrata, permaneces tranquila, indiferen- 
te, tal vez en éxtasis pasional, pues tengo 
sospechas de que tú adoras otros ídolos y te 
entregas al calor de otros amores. 

Di me, alma mía, dime, por Dios, qué te 
sucede ? 



II 
Cuerpo querido ! 

Qué injustos son tus reproches y qué mal 
juzgas de mí la taciturna enamorada ! Y sin. 
embargo, te he oído llena de embeleso, así 
como los ángeles deben oír la voz de su Crea- 
dor ; hasta mí llegó la harmonía de tus eflu- 
vios quejumbrosos haciéndome sentir fruiciones 
inefables de deleite. 

Qué quieres tú ! . . .no me atrevía á 
decírtelo temiendo pecar contra las imposicio- 
nes de mi sexo ; pero ya que me has hecho 
depositarla y objeto franco de tu culto, yo 
también te haré la confidencia de mis íntimas 
tristezas y de la furia de mis celos. 

Aquellos tiempos que recuerdas fueron, 
en verdad, para mí, tiempos de gloria. Ha- 
bitábamos la selva y no rozaban tus labios 
otros labios que los puros y castos de tu ma- 
dre, ni mancillaba tu piel otro contacto que 
el fresco roce de los vientos tropicales, satu- 
rados de esencia y de rumores, á los cuales 



MISIVAS 27 

siempre uní la condensación etérea de mis 
besos y el canto de mis idílicos ensueños. 

Mas hoy me desespera la terquedad de 
miradas atrevidas que dirigen sobre tí los en- 
vidiosos de mi dicha, y sufro horriblemente 
porque ya no vivo contigo en la eterna so- 
ledad. 

¿Sabes, cuerpo mío? dices bien, estoy 
desconocida. Hasta perversa me han hecho 
los malvados : cuando alguien te habla y te 
mira con pasión, experimento coléricos impul- 
sos y ardorosos anhelos de hundirle hasta el 
pomo el puñal de mis tormentos. 

Cómo no quieres que sufra ! . . . 

Ya si apenas en las altas horas de la no- 
che puedo contemplarte y amarte á mi sabor : 
cuando regresas del baile ó de la ópera. 

Entonces me escurro silenciosa hasta el 
portal de tus pupilas, atisbando tus menores 
movimientos é imprimiendo á tu mano la ca- 
dencia de un artista cuando ejecuta sus con- 
cepciones más queridas. Tímida y anhelante 
penetro en la rósea yema de tus dedos y los 
conduzco primero á la nacarina botonadura de 
tu corpino de seda y al áureo broche de tus 
faldas ; suelto después las trenzas de tus albas 
enaguas, recogiéndolas presto para colocarlas 
en el asiento feliz de tus despojos ; abro len- 
tamente, con sutil delicia, la prisión de tu 
corsé ; descuelgo los pendientes brilladores de 
los hermosos pabellones de tu oído, y, final- 
mente, dejo caer por tus espaldas las madejas 
de tu negra cabellera que peino palpitante de 
emoción y ebria de castísimos deseos. 



28 AI.EJANDRO RIVAS vizQUKZ 

¡ Oh, cuan bello estás ! Cubierto apenas 
y nimbado por la auréola luminosa de tu pu- 
dor virgíneo, no eres humano, no, que eres 
inmortal. Las cúpulas turgentes de tu seno 
¡ templo del misterio ! se mueven suavemente, 
y tus músculos se cimbran al peso de una in- 
finita perfección. Bendito seas ! . . . 

En qué piensas al mirarte en el espejo? 
No me ves á mí, tu tierna apasionada, ni es- 
cuchas el susurro de mis ruegos, ni sientes 
el calor de mis caricias ? 

Marchas al lecho impoluto con majestad 
de Diosa. Recuestas la imperial cabeza en el 
borde de la almohada y te cubres con las sá- 
banas de blancura deslumbrante. 

No me encierres, por Dios, no juntes 
esos párpados que me hundes en la tumba 
de tus ojos. Bendita tumba, mil veces más 
radiante de ilusión que el ámbito feliz del 
paraíso terrenal. 

Duermes? Escucho la tranquila función 
de tu aliento virginal y el mesurado latir de 
tus venas azuladas. 

i Cuerpo mío, yo te adoro también, no 
me abandones jamás ! 



III 

PSAI.MO 

Terrible despertar de los ensueños ! ¿ Por 
qué os jugáis así, naturaleza, con la dicha 
humana? El mundo desconocido, lo ideal, ya 



MISIVAS 29 

se marchó. El variado panorama de sus vis- 
tas deja impresa la taciturnidad de la nostal- 
gia. Cuando vibran las cuerdas del amor, 
parecen ir al unísono con la eternidad que 
avanza 3^ lo real que desvanece. ¡ Efímero 
poder de la ilusión ! 



^% 



Señorita : 



Cuentan las - crónicas que un día soñas- 
teis que vos misma os adorabais, tan poseída 
estaba vuestra mente de la belleza escultural 
de vuestias formas ! Y nada relaja tanto la 
virtud como el endiosamiento de sí mismo, 
ese culto religioso que levanta la superficialidad 
de los espíritus á la conformación de la ma- 
teria. 

Apartaos de esa senda escabrosa, resba- 
ladero abrupto por donde amenaza rodar al 
fondo del abismo la tranquila y riente feli- 
cidad de vuestros días. 

Consagrad menos vuestro pensamiento á 
vos y prended en vuestra alma un poco del 
altruismo y otro tanto del deber. 

15 de marzo de 1900. 



CUARTA 



Señorita : 



Nunca hubiera imaginado que reservabais 
á mi leal franqueza un desquite de semejante 
inaudita felonía. 

El arma que esgrimisteis esta vez, es de 
las armas fuertes que esgrimen los espíritus 
cobardes. I^a debilidad de vuestro sexo no es 
excusa suficiente ; porque la debilidad sexual 
bien se compadece con la fortaleza de las almas 
y antes por el contrario, el valor heroico en- 
carnó muchas veces sus más sublimes arreba- 
tos en las formas tentadoras de una mujer. 
Interrogad si no á Cornelia, esa patricia sin 
entrañas de la vieja Roma, y á María, esa 
poética visión del cristianismo, purísimo emble- 
ma de la fe. 

Habéis delinquido, señorita. De los peca- 
dos que á diario siembra la humanidad en su 
conciencia - de todos los crímenes impenetrable 



34 ALEJANDRO RIYAS VÁZQUEZ 

semillero -y que candidamente lava con la di- 
vina antisepsia de la penitencia, escogisteis la 
hez como instrumento vengador de vuestra 
cólera : la murmuración. 

Penetré turbado, palpitante, trémulo, agi- 
tada el alma por vagos presentimientos de tris- 
teza y de amargura. 

A la entrada del salón, brillantemente ilu- 
minado, encontré al dueño de la casa, distin- 
guido amigo mío, quien me invitó á pasar ade- 
lante, al centro de la reunión, donde se hallaba 
su esposa, la feliz cumplimentada en aquel día, 
fecha de su cumpleaños. 

Avanzé resueltamente, procurando vencer 
el extraño y súbito atronamiento de mis hábi- 
tos sociales, y me dirigí al grupo de damas 
entre las que se encontraba, elegantemente ves- 
tida, con traje color de lila y cintas negras, la 
señora de Jiménez, objeto de aquella fiesta 
íntima. 

— Ah!, — me dijo, tendiéndome la mano, — 
creí que ya no vendría. 

— Por ningún motivo hubiera dejado en 
este día de presentarle á usted personalmente 
mis respetos. 

— Le felicito, porque prueba usted que sabe 
ser amigo. 

No agregó nada mas, y sentí entonces á 
mi alrededor el murmullo sordo de muchos 
labios que se mueven á un tiempo, silbando en 
voz baja las palabras que á veces se dicen alto 
para llamar tal ó cual atención determinada ó la 
atención de todos, y carcajadas fuertes que en- 



MISIVAS 35 

saya el solfeo de las amables hipocrecías muu- 
daiías. 

Dirigí mi vista al rostro de las damas y 
¡ oh dolor ! os vi á vos y leí en vuestros labios 
la sonrisa irónica y convulsa de un verdugo, 
cuyo oficio combate todavía el resto de huma- 
nidad y de vergüenza que todos al nacer hemos 
traído. 

Me aturdisteis con el fuego de vuestra mi- 
rada, fuego satánico que condensaba en un haz 
de luz la satisfacción de la venganza y la rabia 
del despecho. Os hice una ligera inclinación 
de cabeza y presuroso busqué asiento al lado 
de una rubia, hecha de fina porcelana y or- 
namentada con tal solemnidad que mejor le 
hubiera estado la vidriera de una quincalla, altar 
donde se guardan cuidadosamente los ídolos de 
los chicos colegiales. 

— Señorita, . . . á quién tengo el gusto 
y el honor de hablar?, la interrogué, en el más 
modulado de los tonos de mi voz. 

— Usted se llama Enrique? . . . — me in- 
terpeló á su vez. 

— Hasta que usted no ordene otra cosa, 
señorita. 

-Pues bien, me han dicho que usted es- 
cribe contra las mujeres unos artículos horribles 
y, yo soy muy franca — aquí, hizo oscilar pau- 
sadamente su busto de muñeca — á mí no me 
agrada hablar con hombres que matan su tiempo 
escribiendo mal contra nosotras. 

— ¡ Oh, señorita, eso es imposible ! ¿Quién 
puede escribir mal contra ángeles tan puros, 
impecables, como son ustedes, mandados á la 



2,6 ALEJANDRO RIVAS VÁZQUEZ 

tierra por el mismo Dios á custodiar la felici- 
dad del hombre? 

— Yo no he visto niiigiín artículo suyo, 
porque no me ocupo de leer periódicos; pero 
eso me lo ha dicho fulanita (vos), y agrega 
que usted lo hace porque se da humos de Teno- 
rio y dice estar hastiado de las mujeres, á tal 
punto, que el único medio que encuentra para 
salir de tales estorbos es hablar mal de nues- 
tras costumbres para granjearse nuestros odios. 

— Incierto, señorita, eso es de todo punto 
falso. 

— Sí?. . . . pues, en este momento, un 
minuto antes de entrar usted, nos lo decía ella, 
manifestando además que era su amiga muy 
íntima y que le había despreciado cuando usted 
pretendió conquistar su corazón, que aspira á 
cosas más grandes y mejores. 

Al oír esto, la emoción me embargó y la 
mudez de mis labios febrilmente contraídos, res- 
pondió á mi joven interlocutora. 

Después, repuesto de la poderosa excita- 
ción, torné á mirar los rostros de las damas, 
y sorprendí á muchos vueltos hacia mí en cu- 
riosa espectación. 

Horrible tortura la que me impusisteis aquel 
día. Bajé la frente abrumado por el peso de 
vuestros odios. 

Habíais vencido ! 

Pero no, que fue entonces cuando comen- 
zasteis á ceder en esta lucha á que me habéis 
provocado y para la cual habéis templado ti 
acero de vuestro ingenio y fortalecido el nervio 
de vuestro ánimo. 



MISIVAS 37 

Abroquelado en el mutismo recomencé la 
observación á que os he prometido someteros, 
para estudiar la sutileza de vuestro espíritu y 
conocer los espejismos de vuestros pensamientos. 

La anciana señora de Jaén, situada á vues- 
tro lado, delgaducha y enteca, encarnación vi- 
viente de la sátira, que tosía á menudo como 
si estuviese vSolioitada por el terrible mal de 
la tisis, movía mesuradamente su antebrazo, 
con gesto rítmico, y se inclinaba hacia vos para 
cuchichearos cosas al oído que á pesar de su 
aparente sigilo, os las decía en alta voz: os 
decía que el cura Mendoza, se había negado 
á prestarle los últimos oficios al rico señor 
García, quien por tal razón había muerto en 
tratos con el diablo, según ciertos indicios que 
manifCvStó en sus úHimos momentos. 

La obesa señorita Ayala, quien de fijo ha 
visto florecer cuarenta veces la copa del na- 
ranjo, pero quien á fuerza de cosméticos y aguas 
medicinales lucha heroicamente y vence los te- 
rribles ultrajes de los años, permanecía callada, 
con los brazos cruzados sobre el seno de tur- 
gencia que se eclipsa ; parecía una santa ; pero 
interpelada, no recuerdo sobre qué, dejó esca- 
par un tropel de palabras, difusamente, de 
cuyo balbuceo pude deducir que hablaba en 
general de los hombres, para reprocharles 
á todos que eran unos sandios, sin sesos ni 
sentidos, y unos picaros de la peor estofa, siendo 
este el motivo único de su infortunada soltería. 

La majestuosa dama vestida de carrubio 
escandaloso, cuyo estado de casada ó de soltera 
no pude precisar, á tal punto guardaba cierto 



38 AI.EJANDRO RIVAS VÁZQUEZ 

equilibrio en la raya divisoria de ambos esta- 
dos, semi-entornados los ojos, en actitud hie- 
lática y reflexiva como entregada á preocu- 
paciones muy hondas, la vi mover el labio in- 
ferior con mueca de soberano desprecio, cuando 
inquirida por una jovencita, que á lo más 
frisaba en los quince años, su opinión sobre 
cierto sujeto que bien sabía la dama era el novio 
de la niña, le respondió, después, con voz acom- 
pasada : pish, ... no hagas caso chiquilla de 
semejante mozo ; me han dicho que tiene muy 
mala reputación y es fama que en el negociado 
de la última falsificación de billetes de Banco, 
tomó él parte interesante. 

Mas allá, en el extremo opuesto al sitio que 
ocupabais, en un grupo formado por varias seño- 
ritas jóvenes, se conversaba animadamente, con 
risas y vivas gesticulaciones. Entre dos de ellas se 
entabló el diálogo siguiente : Carolina tiene no- 
vio, sabes chica?— Y quién es? — Un desgracia- 
do estudiante que siempre anda por ahí con 
los zapatos rotos y un vestido que fue negro 
y que hoy es verde como sus esperanzas — Y 
de qué vive? — Eso es un problema ; pero lo que 
sí sé es que no tiene sobre qué caerse muerto. 
— ¡ Pobre fulanita ! y su mamá qué dice?— Su 
mamá. ... la tal vieja se hace de la vista 
gorda y deja que la muy picara se enamore, 
pues dicen algunos mentecatos que el muchacho 
tiene talento y promete para el porvenir. — Pues 
entonces quc sea feliz, no le envidio su dicha. 
— Ni )^o tampoco, ca, chica, cuándo voy yo 
á hacerle caso á un mocoso de estudiante que 
apenas si tiene para comprar libros viejos ! 



MISIVAS 39 

Y en un ángulo, junto á la ventana, al 
parecer inocentemente entretenidas, dos peque- 
ñuelas de las cuales la mayor tendría á lo sumo 
nueve anos, conversaban gravemente, con pre- 
matura profundidad; y la rubia, la de las blon- 
das crenchas 3^ trajecito color crema, le decía 
á la otra inclinándose á su oído : Mira, Adelita, 
mamá me dijo esta mañana que observara bien 
si mi maestro, un viejo que tiene una calva 
más grande que un melón, le hacía señas á 
Ruperta la muchacha de la casa. Yo no le he 
visto hacer nada ; pero ya inventaré si me pre- 
guntan. 

Al ponerme en pie, un temblor intenso 
recorrió todos mis miembros. Llevaba en el alma 
impreso un doloroso desconsuelo y un triste 
convencimiento : de que sois incorregible ; y el 
punzante temor— que todos pagamos tributo al 
qué dirán de las gentes — de que tan pronto vol- 
viese las espaldas, si no vos, cualquiera otra, 
esgrimiría su crítica contra mí, con el noble 
intento, decís de ordinario, de cortarme el smokin 
para el próximo banquete. 

¡ Oh, señorita ! 

Cuando las linfas bullidoras de la fuente 
murmuran sus cantos de sublimes armonías ; 
cuando la enramada de los bosques modula sus 
columpios y cimbreos ; cuando las aves entonan 
sus trinos de dulces embelesos ; cuando la brisa 
de la noche sopla sus salutaciones magistrales 
al espíritu de las sombras y misterios ; cuando 
la luz de las estrellas esparce sus tibias clari- 
dades ; cuando el aroma de las flores y los frutos 
bate sus átomos en los senos del ambiente : 



40 ALEJANDRO RIVAS VÁZQUEZ 

cuando el alma de los hombres revela sus me- 
ditaciones y sus luchas, la naturaleza levanta 
el himno de la murmuración y el arrullo uni- 
versal, el himno del bienestar y de la dicha ; 
pero cuando los labios de una mujer murmu- 
ran, no contritos el ferviente rezo á su Creador, 
ni trémulos la plegaria del amor, el vSalmo de 
las pasiones puras, parece brotar de los abismos 
un engendro infernal que nos hace desgracia- 
dos, que ahuyenta la felicidad del corazón !. . . 

2 de abril de 1900. 



QUINTA 



Señorita 



Vaya un'cuento á vuestra genial curiosidad. 

Un cuento rojo, color de fuego y de sangre, 
purificador como la llama y en vuestras aras 
inmolable como el cordero bíblico, pedí á mis 
recuerdos para consagrarlo á vos, la inquisi- 
dora despiadada de las almas en sus más ín- 
timos anhelos, 3^ quién, desde la atalaya for- 
midable de una celosía, escudriña los menores 
movimientos de aquella parte infeliz del género 
humano que acierte á pasar cerca de la batería 
de vuestros ojos. 

Pareja dichosa y envidiable. 

El, un guapo mozo de veintisiete años, de 
faz tostada por el sol de las llanuras y de alma 
esparciata capaz de realizar todos los heroísmos. 



44 ALEJANDRO RIVAS VÁZQUEZ 

Cuando efebo cabalóla sobre el fogoso alazano 
en el trabajo de la vaquería, semejábase á un 
dios adolescente que hubiese descendido del 
Olimpo á domeñar las fieras de la tierra. Su 
recia musculatura, su extrema agilidad y su 
destre/a, impresionaron vivamente al viejo lla- 
nero dueño de los hatos, quien á su muerte 
le instituyó su heredero universal. De pol)re 
hecho rico en un golpe de péndulo del reloj 
de la fortuna, quiso disfrutar de la vida espi- 
ritual que habia soñado desde niño — ideal que 
le fortalecía en la noche continuada de su ne- 
gra desventura — y vínose á la capital de la 
República. Su naturaleza dócil y a'^imilable al 
medio, bien pronto modificó sus hábitos y gus- 
tos. Acaudalado, pleno de savia juvenil y con 
un mundo de aspiraciones en el cerebro, no 
tardó en figurar entre los buenos partidos que 
para sus hijas solicitan padres de familia es- 
crupulosos. Su nombre : Arturo. 

Ella, caraqueña de pura raza. Se había 
educado en el colegio del Sagrado Corazón y 
poseía refinamientos de estética _y sentimenta- 
lismos admirables. Hermosa y también rica, 
de todo su ser trascendía ese adorable chic de 
nuestras mujeres elegantes. Hija única del ho- 
norable señor Rodríguez, opulento comerciante, 
había mirado con desdén las propuestas de 
matrimonio que hasta entonces le habían sido 
dirigidas. Real criolla, color trigueño sonrosa- 
da, paseaba indiferente ante los hombres su 
romanticismo y su belleza. Su nombre: Ar- 
minda. 

Se vieron la noche de un domingo en la 



MISIVAS 45 

Plaza Bolívar y el fuego de una simpatía irre- 
sistible fundió sus almas que se amaron desde 
entonces intensamente y se recrearon en idilios 
purísimos y tiernos. Un día brumoso y gris 
del invierno, en que el ñrmamento habíase con- 
vertido en océano desbordado y las calles si- 
mulaban arroyos impetuosos, una numerosa co- 
mitiva era conducida en carruajes de lujo á ía 
puerta del Concejo Municipal y media hora 
más tarde al templo de Altagracia. El Presi- 
dente y el cura bendijeron la unión de aque- 
llos dos seres que soñaban con el mundo ideal 
de la felicidad absoluta y á quienes parecía son- 
reír la radiante aurora de un perpetuo amor. 

¿Quién hubiera sospechado que más veloz 
que sus caricias vendría entre ellos la desgra- 
cia á interponer su sombra pavorosa ? 

Y sin embargo así fue. 

Uno de esos espíritus abyectos, cobardes 3" 
traidores, aventados sin duda por el aliento de 
Satán, mantenía resentimientos muy hondos 
contra el esposo feliz, por no haber conseguido 
de éste en cierta ocasión, una suma de dinero 
para apostarla en la mesa de un café, y á par- 
tir de esa fecha se revolvía en terribles pro- 
yectos de venganza. 

Sabedor de la boda de su inservicial ami- 
go, ideó un plan que, ejecutado, emponzoñase 
la dicha de su víctima jurada. Y, al efecto, 
al día siguiente de los castos desposorios, atis- 
bo el momento en que salía Arturo de su casa 
y presuroso llamó un pilludo y pUvSo en sus 
manos una carta. Toma, le dijo, esta carta, 
llévala á aquella casa de frente verde y pre- 



40 ALEJANDRO RIVAS VÁZQUEZ 

giinta por el señor Herrera; si te dicen que 
no está ahí, di que tienes una carta para él, 
pero que te han encargado no entregársela á 
ninguna otra persona. Te vienes, y cuando 
llegues á la puerta, te devuelves y la das á 
cualquiera que te salga. 

Bien sabía el perverso que iba á explotar 
vuestra curiosidad, ¡oh mujeres! 

Cumplió el muchacho á cabalidad el man- 
dato y depositó la carta en manos de la bella 
Arminda. 

De quién será, se preguntó ésta, y fijó su 
mirada en la escritura de la cubierta, ¡cómo, 
exclamó, si es letra de mujer!.... 

Si la hubieseis visto, la pobrecita! Tembló 
de pavor, de angustia, de desesperación á un 
tiempo y frío sudor inundó la blancura de su 
frente. 

Dirigióse vacilante, como si errase en una 
soledad, á la alcoba nupcial, donde momentos 
antes había sido tan dichosa. I^a recorrió de 
un extremo al otro extremo muchas veces y 
detúvose otras tantas ante el retrato de su 
esposo: Arturo, qué mujer te puede escribir á 
tí? ¿Tú no me has dicho que no tienes ma- 
dre, ni familia, entonces, qué mujer puede es- 
cribirte? Dime Arturo, ¿tú me engañas,? ¿ no 
es verdad que no me engañas? 

En tanto acrecíase su agitación punzando 
su alma dolorosa mente. 

Qué hacer, la abriré? Y su pensamiento 
permanecía mudo, extático, ante la monstruo- 
sidad delictuosa de aquel enunciado. ¿La abriré? 
se repetía. Por qué nó, no soy su esposa acaso? 



MISIVAS 47 

Y poco á poco la fué poseyendo aquella 
idea. ¡Lucha titánica entre el imperio dt un 
deseo y el deber de una conciencia inmacu- 
lada! 

No duró largo tiempo. El principio del 
nial quedó triunfante y se cirnió con gesto de 
cesar romano sobre el cuerpo exánime de su 
adversario. Ya no imploraba, ordenaba. Pre- 
tendió violar la ley moral con la seducción 
de su ministro, no lo consiguió; pues luchó y 
venció y junto con su triunfo decretó la con- 
sumación del pecado. 

Con la respiración contenida, demudado 
el rostro, brilladoras y feroces las pupilas como 
las de la leona cuando acecha, Arminda leyó 
la carta que en fina letra de mujer decía: 

"Arturo mío! hoy he sabido que anoche te 
casaste con la mujer que odio Yo estoy loca! 
Cuando viniste la última vez reñí contigo abier- 
tamente porque te negaste á romper tu com- 
promiso. No supe lo que hacía. Esto ttmía 
que suceder así, porque así estaba decretado 
en los designios de la Divina Providencia, y 
yo me conformo. Madre de dos hijos tuyos, 
sí, tuyos, Arturo de mi vida, no tengo dere- 
cho á reprocharte nada. Ven esta noche sin 
falta, para que todo lo olvidemos en el seno 
de nuestro inmenso amor. Me consuela, sin em- 
bargo, lo que me dijiste de que tú no querías 
á esa mujer maldita y que ese matrimonio lo 
realizabas por conveniencia, pues te encontra- 
bas arruinado, y ella, ya que no tiene corazón 
ni hermosura, tiene el dinero que necesitas. 
Recibe besos de Euisito y de Virginia. Si su- 



48 ALEJANDRO KIVAS VÁZQUEZ 

pieras, ésta es toda una bribonzuela, ya pre- 
gunta por su papá. Bendícelos. Te espera an- 
siosa tu siempre queredora 

Carmen.''^ 

¿Habéis visto alguna vez en noches de 
tempestad romperse el cielo al lumínico foe- 
tazo de la chispa eléctrica ? 

¿Nunca habéis presenciado el desploma- 
miento aterrador de las ciudades al impulso 
de una convulsión de nuestro globo? 

El alma de Arminda ante este golpe trá- 
gico, remedó la caída de las ciudades 3^ la 
ruptura de los cielos. 

Cayó sin sentido sobre el lecho y el eco 
de sus gemidos y sollozos pobló largo tiempo 
los aires de la alcoba. 

Agitábase en su cerebro la mas ruda de 
todas las tormentas: la de los desengaños; y 
todo su ser era oprimido por el intenso sufri- 
miento de las rabias sordas que no estallan y 
de los perplejos sentimientos que no obran. 

La fiebre se apoderó de su cerebro y en 
su delirios su razón monologaba: 

Y yó que me creía tan feliz!.... ¡ah, Dios 
mío! ¿Por qué Arturo no me dijo nunca nada?... 
Si él me hubiera dicho, yo habría cedido mi 
puesto á esa mujer; pero nó, eso era im- 
posible, esa mujer es indigna de mi Arturo. Y 
él?.... ¡pérfido que me engañó! ¡Cuánto í-ufro 
Virgen Santa! Qué haré, Dios mío? ilumí- 
name! 

Y continuaba su mente espaciándose en la 
terrible alucinación de la catástrofe, en tanto 



MISIVAS 49 

que su cuerpo, tendido sobre el lecho, perma- 
necía inmóvil, en la rígida tensión de ios ca- 
dáveres. 

Transcurrieron así tres cuartos de hora. 
De súbito púsose de pies y, sonriendo, irradian- 
do casi satisfacción en su semblante, exclamó: 
Eso es, esta noche me voy á convencer. Y 
palmoteaba alegremente en una de sus piernas. 

Peinó su desgreñada cabellera 3" para es- 
perar á su Arturo, ciñó á su faz la máscara 
de una hipócrita tranquilidad. 

Pocos instantes después llegó aquél pro- 
testándole á Arminda mil amables excusas por 
su tardanza y le comunicó la noticia de que, 
como esa tarde había llegado de Valencia su 
apreciado amigo el general Villanueva con su 
familia, iría por la noche un momento á salu- 
darles. En otras circunstancias Arminda habría 
suplicado á su marido que no la abandonase 
aquel día, el primero de su vida conyugal; pero 
en aquellas, se contentó con ahogar entre su 
pecho un suspiro de inmensa pesadumbre. 

Abreviaré. 

A las diez y media de la noche salía Ar- 
turo de casa de su amigo el general Villanue- 
va. Las calles estaban desiertas y una garúa 
menuda y fastidiosa caía del cielo. Apresura- 
damente -inició su marcha camino del hogar y 
al llegar á la próxima esquina, un individuo, de 
catadura sospechosa, de hongo sombrero calado 
hasta las cejas, le acercó el rostro, como si 
pretendiese reconocerlo. Continuó su ruta y 
observó á poco andar que era seguido por el 
mismo individuo de la esquina. Llegado á su 



50 ALEJANDRO RIVAS VÁZQUEZ 

casa, en el momento mismo que traspasaba el 
umbral, su original acompañante se le acercó 
violentamente con los brazos abiertos y sin pro- 
ferir una palabra. 

Pero más pronto que el relámpago ilumina, 
cayeron dos balas sobre el pecho del presunto 
asesino, quien rodó sobre el embaldosado de la 
calle y juntamente con su caída se despojó su 
faz de la negra careta que la encubría, y, ¡oh 
sublime y trágico dolor!, en aquella faz de mori- 
bundo reconoció Arturo á su esposa idolatrada. 

Qué había sucedido? 

Arminda, en un rapto de locura, había idea- 
do aquel disfraz para seguir á su esposo cre- 
yendo que éste iría esa noche fatal casa de 
Carmen, creencia que fue confirmada con el 
anuncio que le hizo de su visita al General 
Villanueva. Apostada en una esquina por donde 
debía regresar Arturo, le vio venir y le siguió 
hasta la casa y entonces, frenética de gozo, plena 
de felicidad al ver disipados los sombríos pre- 
sentimientos de sus celos, se olvidó de su traje 
y embargada por la emoción, sin articular una 
sílaba que la diese á conocer, quiso abrazar á 
su marido y confundir en el amante seno la 
confesión de su pecado y la súplica llorosa del 
perdón 

Y á consecuencia de tan vivo choque de 
su alma con la fatalidad impía, experimentó 
Arturo la pérdida de su razón y fue más tarde 
conducido á un manicomio. 

¡ Oh curiosidad culpable y culpables celos, 
lo que habéis causado ! 

4 de mayo. 



SEXTA 



Señorita 



El ugier de mi palacio — tugurio de estu- 
diante, — mi blasonado lacayo, — la vieja Ana Jo* 
sefa, — me ha entregado esta mañana, cuando 
restregaba perezosamente mis párpados inflama- 
dos á fuerza de estarse recogidos en el sarao 
de la Marquesa del Pino, la segunda esquela 
con que habéis querido honrar á este vuestro 
adicto caballero 

Su texto dice así : 

*' No sospecho cuál pueda ser el objeto que 
usted se proponga al dirijirme en miserables 
papeluchos sandeces propias de un plebeyo. Mi 
padre, el bravo general que combatió en Cuba 
al lado del Mariscal Martínez Campos, me ha 
llamado hoy á sus habitaciones para inquirir 
qué especie de vínculos me unían al canalla 
escritor de unas Misivas que, según el público 
rumor, estaban encaminadas á desdecir de mi 



54 AI.EJANDRO RIVAS VÁZQUEZ 

honra y mis virtudes. Le negué rotundamente 
siquiera el conocer á usted, haciéndole ver que 
estos no son aquellos tiempos en que los tro- 
vadores y los siervos hacían su agosto de con- 
quistas y el amor de una dama se daba sin mira- 
mientos de ciases ni de rangos. El quedó sa- 
tisfecho ; pero mi novio, que siente arder en 
su sangre la altiveza y el coraje de su ilustre 
linaje, anoche ante las rejas de mi ventana, 
juró, por las sagradas cenizas de su abuelo y 
por la fe de sus dioses lares, arrojarle á usted 
el guante de su noble mano, si usted no hacía 
una pública retractación de las críticas que sus 
odio3 de vasallo y el despecho de su aspira- 
ción ridicula, le han hecho escribir en contra 
mía. Así es que le aconsejo, amiguito, cese en 
su tarea de moralista cursi y siga vaciando 
en su cerebro las tontadas de la ciencia y de 
los libros, que bueno está usted, para procu- 
rador, notario, ó polilla de Tribunales, que es 
lo mismo." 

Todavía en mi mente resonaba el trote 
acompasado del hermoso tronco normando que 
tira de vuestro elegante cabriole ; en mi espíritu 
flotaba la silueta de vuestro rostro fililí y de 
vuestro cuello de gacela envuelto en la gasa 
vaporosa, y ante mi vista surgió el pórtico ve- 
tusto de vuestra casa solariega, la que tiene 
apariencias de viejo castillo señorial. 

Mucho me habían dicho de los sueños va- 
garosos que os hacían vivir en los regios cam- 
pos del azur, donde moran los leones y se ejer- 
citan los invencibles dragonarios, y que de los 
tiempos medioevales, las coronas de condesas 



MISIVAS 55 

y las flores de lis, recordabais con frecuencia, 
refiriendo á las épocas del feudalismo vuestros 
anhelos augustos, tan augustos como vos, se- 
ñorita. 

Habíanme hablado de vuestros hábitos de 
grandeza, obligados á existir en medio á una 
sociedad demagógica, con infortunio nunca bien 
ponderado de vuestro corazón, el que nacido 
para latir ante los amorcillos y estatuas con 
que la antigua nobleza exornaba sus mansio- 
nes, ha sido violentado á palpitar lleno de an- 
gustia en la asfixiante democracia de estos pue- 
blos, desprovistos de la pompa aparatosa de esa 
agrupación de pergaminos que habita el barrio 
de San Germán. 

Y no se limitaron á esto los comentadores 
incesantes del caprichoso código que rige vues- 
tra conducta, sino que, penetrando grosera- 
mente en el alcázar de vuestros pensamientos, 
me refirieron más tarde } oh señorita !, de vues- 
tro orgullo presuntuoso las formas intangibles. 
Cuentan ellos que, cuando los hombres de mi 
país levantan el vuelo de sus aspiraciones hasta 
vos, vos levantáis en vuestro ánimo la barrera 
infranqueable del desprecio y medís la virtud 
y el talento, los méritos intrínsecos y los res- 
plandores de la gloria conquistada, de vuestros 
pretendientes, con el desdén de los soberbios, 
que siempre miráis debajo de vuestros hombros 
la erguida cerviz de los espíritus heroicos y 
honrados. Y más de uno me asegura haber oído 
el leve murmullo de vuestros labios cuando 
alguien en el paseo interrumpe el paso de vues- 
tra carretela descubierta, y que decís con irri- 



56 AI^EJANDRO RIVAS VÁZQUEZ 

tada majestad : sigue palafrenero, no detengas 
el carro de tu reina. 

Ah ! si á esto únicamente se ciñeran, no 
pesaría tal vez sobre vos la tremenda acusación 
que os dirigen de que estáis desposeída de todo 
sentimiento noble, de toda pasión ideal, de toda 
tierna aspiración, de toda forma del afecto y 
del cariño. Dicen, que todos vuestros pensa- 
mielitos y todos vuestros actos, obedecen á una 
calculada conveniencia y son el producto de una 
estudiada afectación melodramática. Que á veces 
vuestra manía de alcurnia se trueca en la manía 
de las riquezas, ó mejor, que permutáis vuestros 
títulos de noble por la deslumbrante esplendidez 
de las monedas, y que bajo esta faz de vuestra 
esterilidad sentimental, sólo consideráis dignos 
de aprecio á los que ostentan pedrerías y se cubren 
con el oropel de las estultas vanidades y sólo 
tenéis sonrisas y frases amables para los que 
trajean vestidos elegantes de fino casimir y 
pasean todas las tardes por las calles de Ca- 
racas en coche tirado por hermosa pareja ame- 
ricana, aunque tengan el alma prostituida, rela- 
jada la conciencia y hecha girones la honra 
y pavesas la vergüenza ! 

De todo había dudado, aun cuando las 
noches de representación smart en el Teatro 
Municipal, más de una vez os vi calar el mo- 
nóculo á cualquiera de vuestros ojos y pasear 
la vista, de hito en hito, sobre las cabezas de 
los espectadores como si buscaseis el brillo de 
una corona ducal ; aun cuando no asistís sino 
á aquellas festividades religiosas en que su Ilus- 
trísima, Monseñor, el Arzobispo de Caracas y 



MISIVAS 57 

Venezuela, oficia de pontifical, y aun cuando 
sé de muchas de vuestras amistades despedi- 
das por el grave doméstico, sin miramiento algu- 
no, al ir á visitaros los días que no son de 
recibo en vuestra casa. 

Pero ha sido hoy, leyendo en vuestra es- 
quela que trasciende olores de patricia y se 
engalana con eíscudo, cuando he venido á com- 
prender á dónde alcanza la fatuidad de vuestras 
pretensiones. Me inspirasteis lástima peregrina 
chiflada de grandeza. 

Para vuestra satisfacción, para colmo de 
vuestro regocijo, os participo que mis facciones 
se contrajeron nerviosamente en el estallar vio- 
lento de la risa y que no aliviado todavía en 
el ansia de la burla, llamé á mis camaradas, 
los alegres pensionistas de la casa, para leerles 
en sesión solemne vuestra original explosión 
de odios Fuisteis objeto ¡ oh linajuda y encope- 
tada dama !, de las pullas más graciosas que 
hasta entonces había oído. El salado Angito, 
el chispeante bromista en nuestras tenidas de 
estudiante, preguntó en el más candoroso de 
los tonos si erais vos la real primogénita de 
algún Emperador de Catia. 

Mas tarde, movido á compasión — que siem- 
pre la desgracia del ridículo hace vibrar en mi 
ser la nota de la teraura lastimera — tomé la 
pluma para dirijiros los consejos que la pre- 
sente encierra. 

Señorita : 

Los humillos de nobleza, los aparatos se- 
ñoriales, los usos aristocráticos, las vanidades 



58 ALEJANDRO RIVAS VÁZQUEZ 

de la sangre y lOvS privilegios de la cuna, son 
plantas exóticas que no encajan en este medio 
étnico, ni siquiera cuajan botones ni retoños 
sus corolas y raíces. 

Aquí donde la igualdad política concluyó 
los fueros de las castas y donde germinara esa 
í^ran revolución que se llamó la Independencia 
de la América del Sur, no es posible que pue- 
dan coexistir á un tiempo la verdadera gran- 
deza de las almas, la que estriba en el propio 
esfuerzo y levanta al hombre por sobre las preo- 
cupaciones sociales y la nimiedad pueril de las 
gentes que valoran y pesan á los hombres por 
el color más ó menos azulado de sus venas y 
por la antigüedad más ó menos remota de sus 
palimpsestos genealógicos. Aquí no consagran 
presunciones de nobleza ni levantan parentelas 
de los tronos. Aquí, señorita, los ciudadanos 
viven olvidados de que existen palacios de re3^es 
y señores, y libres, muy libres, levantan su voz 
republicana que á veces se condensa, se arre- 
molina y repercute con estruendo pavoroso en 
la conciencia de los prevaricadores, de aquellos 
que traicionando la virtualidad de las institu- 
ciones no han temido el furor de las tempes- 
tades populares. 

Los presuntuosos, los que se encogen de 
hombros y miran de soslayo á la multitud en 
cuyo medio viven, se captan su repulsa instin- 
tiva. Y el odio de la multitud es el peor y el 
más formidable de todos los anatemas. 

En la que vos vivís, abatió el poder de 
los monarcas y proscribió para siempre de sus 
códigos los fueros de la nobleza. 



MISlVAvS 59 

Una sonrisa para todas las debilidades, una 
excusa para todos los defectos, un perdón para 
todas las ofensas, la tolerancia para todas las 
pretensiones, y la modestia, en fin, para las aspi- 
raciones propias, hé aquí la suprema filosofía 
y la más alta educación de la mujer, la que 
no blasona de la grandeza de las cunas sino 
de la gentileza de las almas. 

Esa es la que para vos deseo. 

2 1 de mayo de 1900. 



I 



SÉPTIMA (*) 



{^) Bsta misiva la dedico á una hija muerta : la 
ilusión. Bl caminante que recorra el árido desierto 
de estas páginas, puede salvar su planta de este lloro 
amargo que vierten mis ojos sobre la tumba que tan 
temprano abrió en mi corazón la felonía de una 
mujer. 

jEI Autoj'. 



Señorita : 



• Sabéis acaso de esa virtud, risueña y se- 
ductora, que denominan sinceridad? 

Conocéis quizás ese lenguaje, puro y ar- 
monioso, que se apellida franqueza ? 

Habéis dicho tal vez esa palabra, esplen- 
dorosa y bella, que se intitula verdad ? 

Nunca ! 

En los pérfidos repliegues de vuestra alma^ 
siniestra como el abismo y como el abismo 
atrayente, habéis sabido sepultar desde muy 
niña, vuestros pensamientos é inclinaciones, 
para seducir al mundo con vuestra perpetua 
inmaculez que maravilla. 

i Pobre huérfana, encarnación de la men- 
tira, modelada por Satán á falta de madre 
que guiara vuestra conciencia, yo os voy á 
arrancar sin piedad la careta que cubre la re- 
pugnante desnudez de vuestra alma pecadora I 



04 . ALEJANDRO RIVAS vizQUKZ 

Sabed que víctima fui de vuestras lágri- 
mas fingidas, las que también á mí me hicie- 
ron llorar de angustia y de dolor : sabed que, 
herido en lo más íntimo del alma, lloré des- 
pués desesperado cuando pude medir la inmen- 
sidad de vuestra monstruosa hipocresía, y 
sabed, por último, que hoy lloro de placer 
trazando con mano vengadora el castigo al 
ultraje que inferisteis á mi corazón de joven, 
para dar un alerta generoso á corazones jó- 
venes como el mío y nobles como todos los 
que no hayan descendido todavía al sombrío 
nivel en que se encuentra colocado el vuestro. 

Vos sois una reo. En el banquillo de los 
acusados sentada estáis. Yo os pregunto, el 
público me oye y vais á responderme. 

¿En qué sublime escuela aprendisteis el 
admirable desempeño de los papeles que ha- 
céis en la trágica representación de vuestra 
vida? 

Cuando nada vedado á vos existe en el 
mundo ; cuando sabia, plena de suspicacia y 
de malicia sois como la humanidad; ¿dónde 
halláis ese aire de castidad y beatitud ; esa 
mirada límpida, celeste, como la de la Virgen 
de Murillo ; ese timbre dulce, suave, que 
muestra vuestra voz y que trasciende á lim- 
pieza é inocencia ; esos gestos y arrebatos ma- 
gistrales que revelan la intrépida sencillez de 
la ignorancia ; esa alegría infantil que os con- 
duce á jugar y á travesear como los niños y 
con ellos ? 

¿Vos, que sois fría, muda, inseUvSible co- 
mo estatua, ajena al sufrimiento y al dolor, 



MISIVAS 65 

de dónde arrancáis esas lágrimas de fuego, 
ardientes, expresivas, que conmueven tanto y 
que tanto laceran los ojos que las miran? 

¿Vos, que pensáis en todo, menos en el 
voto, de dónde sacáis ese sueño de monómana ca- 
paz de aterrar á cualquier alma piadosa ? 

¿Vos, infiel, dónde aprendisteis á jurar 
con entusiasmo tanto ? 

¿ Vos, indiferente, de dónde extraéis esos 
gemidos, esos ayes soberanos como nunca los 
lanzara una madre en presencia de su hijo 
moribundo ? 

¿Vos, refinada engañadora, dónde visteis 
la virtud que copiáis á maravilla? 

El mundo os toma por un ángel, ¿qué 
os falta ? . . .las alas, para caer también co- 
mo Luzbel. Los menos avisados os juzgan una 
mártir . . , decís de sufrimientos tantos ! Los 
más observadores creen de vos que sois una 
santa que pecó y lavó después la inmundicia del 
pecado . , . yo os tomé por Magdalena arre- 
pentida. 

Mis recuerdos de ahora no son los vagos, 
trémulos recuerdos de la infancia ; son los 
recuerdos imborrables de la primera juventud 
que atraviesan, como caravana los desiertos, 
el piélago de la existencia mía, marcando so- 
bre la arena movediza de las ilusiones su 
planta peregrina. Por el mal que ellos me han 
hecho mantengo sobre vos suspenso el anate- 
ma de mis odios. 

Vuestra ligereza de hoy, no es el excu- 
sable olvido de la niña que amó en la cuna 
lo mismo á un pájaro de plumas multicolores 



66 ALEJANDRO RIVAS VÁZQUEZ 

que á un hombre que entonase los himnos 
del amor. Vuestro olvido es un perjurio que 
nació en la sombra satánica de vuestra con- 
ciencia y vino á morir en el sepulcro todavía 
humeante de mi corazón. 

De aquellos recuerdos no conservo sino 
un espectro que á veces y á pesar de su es- 
pantosa gelidez, suaviza el rigor de mis pe- 
sares y mitiga la amargura de mi triste de- 
cepción. Ese espectro, envuelta su osamenta 
en el sudario de los sueños, me toma de la 
mano y me invita á penetrar de nuevo en los 
círculos de la esperanza y de la dicha. Con 
él vuelvo á veros todavía pura, inmaculada, 
luminosa concepción de mi fantasía romántica ; 
de nuevo os tomo del brazo y á lo largo de 
las avenidas del parque, bajo la sombra de 
los nísperos de verde y poblada copa, os re- 
cito delirante el credo de mi pasión intensa 
y os comunico el fuego de mis secretas ansias 
y de mis juramentos inviolables. Con él es- 
cucho otra vez el timbre argentado y vaporoso 
de vuestras palabras, llenas de protestas, san- 
tuarios del amor, y, como los pensamientos 
que expresaban, plenas de perfidia, exhalando 
el néctar venenoso del engaño ; y otra vez la 
luz de vuestras pupilas penetra por las mías 
é inunda mi alma de las delicias sublimes 
de la fé que había perdido. 

Ah ! cuando me llegué á vos, venía de 
nmy lejos, de un país que todos hemos visi- 
tado, tétrico como las tinieblas de la sima y 
sombrío como lá desesperación eterna de los 
reprobos : el país del desencanto. Y así como 



MISIVAS 67 

se llega sediento el caminante á la ribera del 
riachuelo cristalino para apagar la sed que le 
devora, me acogí á vos, por que os creí ángel 
de bondad descendido de los cielos á la tierra 
para consolar á los que gimen, y porque os 
creí también desgraciada y víctima de la cruel- 
dad humana, os ofrecí el apoyo de mi brazo, 
que le harían pujante mis anhelos, y como 
se ahogan en el océano las aguas del Amazo- 
nas caudaloso, el Amazonas de mis dudas aho- 
gó sus aguas en el océano ideal que vuestro 
ser me hizo concebir. 

¡ Oh, trágica admirable ! . . . 

No son vuestros perjurios, que todos los 
perdono, j sois mujer !, lo que conturba mi 
espíritu y enloquece mi razón, no. Lo que 
yo no os perdonaré jamás es la cruel lapida- 
ción que hicisteis de mis hermosas ilusiones, 
es* el surco glacial que abrió vuestra falsía en 
el campo de mis bellas esperanzas. 

Para analizaros á vos yo he tenido que 
hacer un llamamiento vigoroso á los desconso- 
ladores postulados de la superior filosofía ; he 
tenido que forcejar como titán para abatir las 
ondas tempestuosas del amor que picoteaba en 
mis entrañas eomo los buitres en las entrañas de 
Prometeo encadenado ; he tenido que mirar des- 
nuda la canceración horripilante de las almas 
y aspirar con fuerza el vaho letal que ellas 
despiden. 

Sois una esfinge . la esfinge del mal ; y 
así como en las inmensas soledades del Egipto 
la muda esfinge es una diosa y gobierna con 
imperio soberano, en los estériles desiertos 



68 ALEJANDRO RTVAS vkzQVUZ 

de vuestra sensibilidad, augusta señorea la 
maldad de vuestros pensamientos. 

Queréis conmover y por vuestras mejillas 
corren lágrimas como torrentes desprendidos 
de la cumbre de algún monte. Queréis con- 
quistar y vuestros labios dibujan tiernas y 
embriagadoras sonrisas, vuestras pupilas refle- 
jan la vivacidad de la pasión y envían en 
sus chispazos mundos de dulcísimas promesas, 
y vuestro pecho lanza suspiros más leves que 
el rumor de una violeta agitada por la brisa. 
Queréis romper un juramento y os tornáis 
serena, distraída é impasible. 

Qué bien manejáis el arte escénico ! 

Y después, descubierta la comedia, qué 
habéis ganado, señorita ? 

La sociedad en cuyo medio vivís y á cu- 
yas expensas verificáis la comisión de vues- 
tras culpas, consagra un término para califi- 
caros : hipócrita ; y guarda un castigo mil 
veces más tremendo que el flagelo de los ci- 
licios que soñáis cuando os acometen los deli- 
rios y las ansias de los claustros : el desprecio. 

Habéis hollado lo más santo que restan 
los despojos de la humanidad primitiva é ino- 
cente, de su infancia poética, de sus tradicio- 
nes y leyendas, cuando la acción del hombre 
era medida é impulsada por el sentimiento 
noble, habéis hollado la virtud. La habéis 
erigido en antifaz de vuestros vicios y esa hu- 
manidad que aun alienta en su caída, por el 
ejercicio de esa virtud, la aspiración de su 
engrandecimiento, os maldice á vos, la sacri- 
lega en el templo de su ídolo. 



MISIVAS 69 

Y yo, vuestra víctima, que levanto con 
estrépito la lápida marmórea con que cubris- 
teis el sarcófago de mi pasión infortunada, he 
jurado ser pregonero incesante de vuestras im- 
posturas. Ya no seréis reina en el corazón de 
ningún hombre ; vuestro cetro habrá rodado 
por tierra y vuestros subditos huirán de vos 
al veros destronada. Sois sirena, vuestros he- 
chizos cautivan todavía ; pero la multitud de 
navegantes cuando en alta mar escuchen vuCvS- 
tros cantos, se acordarán de mí y rápidos se 
alejarán de vos, 

¿ Qué triunfos habéis obtenido ? 

¡ Pobre peregrina de la vida, proseguid 
vuestro camino interrumpiendo el sueño vSosegado 
de las almas ; pero ¡ ay ! de vos cuando ellos des- 
pierten y en esa pendiente fatal del fingi- 
miento, os impulsen á rodar hasta el abismo. 

I 9 de junio de 1900. 



OCTAVA 



Señorita : 



Esta vez, como Sthendal, he tomado el tono 
en los artículos del código para dirigir mi úl- 
timo flajelo sobre las espaldas de ese monstruo 
de los vicios que ha clavado sus garras y tiene 
formada su guarida en la exquisita impresio- 
nabilidad délas almas femeniles. Y esto porque 
vosotras las mujeres, sois producto ineluctable 
de la postrera sensación que experimente la 
suprema irritabilidad de vuestros nervios, y he 
juzgado que la aspiro á despertar en vos; sería 
más poderosa, si, despojando á mis pensamien- 
tos de las galas pomposas del idioma, os los 
presentase tal cual ellos han nacido de mis preo- 
cupaciones y mis dogmas. 

Hace ya algunos días que, al finalizar en 
la mañana el eco lento de la sexta campanada 
del reloj de Catedral, escucho el menudo 5^ li- 
gero taconeo de una persona y, segundos más 



74 ALEJANDRO RIVAS VÁZQUEZ 

tarde, aparece dibujada en los vidrios de mi 
ventana la silueta de una cabeza de mujer arre- 
bujada en negro abrigo. A la incierta luz del 
crepúsculo matutino apenas si divisaba el con- 
torno de sus facciones, vueltas al cielo, como 
v'^i en el ángulo de inclinación que formaban sus 
miradas con la convexidad gris del firmamento, 
existiese el fuego atrayente de una estrella. 

Quién será la matinal paseante que ta- 
conea con afán inusitado, como si fuese mo- 
vida por ideas dominadoras y persistentes ? 

No sé por qué me producía inexplicable 
sentimiento de melancolía y de lástima aquella 
cabeza de mujer, silente y taciturna. Las pá- 
ginas del libro en que leía desaparecían á mi 
vista, y subyugaba mi espíritu una fuerza mis- 
teriosa que le arrastraba á vagar por el país 
de la quimera. Caprichos de la hora' ... ó 
tal vez el recuerdo de los votos con que vos me 
hacíais llorar antes de nuestro rompimiento. 

La periodicidad de este fenómeno de la 
fantasía, excitó en mí el deseo de quitar la 
atracción del misterio al paso de la ordinaria 
caminante, y me prometí conocerla el día siguien- 
te, precisamente el día del Corpus. 

Al primer toque de campanas con que á 
las cinco de la mañana convocaba en esta fecha 
clásica á los fieles la Iglesia parroquial de Santa 
Rosalía, salté del lecho lleno de impaciencia. 

Tomé un libro al acaso y lo coloqué abierto 
ante mis ojos, que veían sin mirar la amari- 
llenta palidez de las hojas pobladas de carac- 
teres simétricamente ahilados. 

Dieron el segundo toque á las cinco y media, 



MISIVAS 75 

y cuando el eco de las campa mas al dar el 
tercero se perdía en las amplias ondulaciones de 
la atmósfera, sentí sobre la acera el menudo y 
ligero taconeo. 

Quién podrá ser? Abramos — me dije — y al 
dibujarse la primera sombra sobre el vidrio, la 
sombra de un bucle rebelde, corrí velozmente 
el pestillo y junté mi frente á la balaustrada 
húmeda y glacial de la ventana. 

Vos, que habéis leído el Año Cristiano, 
podéis medir la súbita y poderosa abstracción 
de los espíritus ante las apariciones extraordi- 
narias, la misma que en las santas alucina- 
das provocara el sublime arrobamiento de los 
éxtasis, y que, en aquel instante me poseyó á 
mí, al reconocer en el rostro de la niatinal pa- 
seante, vuestro rostro, transfigurado y perdido 
casi entre los pliegues del abrigo. 

Erais vos, no era posible engañarme, vos, 
que habías trocado los trajes y la vanidosa os- 
tentación de las almas que viven en el pecado, 
por el sayal de las gentes que hacen penitencia 
y solicitan en la devoción y en los templos la 
reden^^ión absoluta de sus culpas. 

Y os vi alejaros, vuelta vuestra cara al cie- 
lo, los brazos cruzados sobre el bajo seno, lle- 
vando en las manos un libro místico y taco- 
neando menudamente sobre el pavimento. Ca- 
minabais de prisa, y me parecisteis, cuando en 
la semi-oscuridad de una boca-calle perdí de 
vista la blancura de vuestra muselina, una vi- 
sión ultra-terrena visitando los escondrijos del 
planeta. 

Lentamente cerré las hojas de la ventana 



70 ALEJANDRO RIVAS VÁZQUEZ 

y ejecutando movimientos maquinales comencé 
á vestirme. 

A dónde iba?.... no lo sé, ni tampoco re- 
cuerdo lo que pensaba en aquel momento ; pero 
3Í recuerdo y sé que me encontré en la calle 
caminando con dirección al templo por la misma 
ruta que vos habíais llevado. 

Al llegar á la angosta plazoleta las notas 
graves del armonium me impresionaron viva- 
mente y penetré en el templo, turbado el áni- 
mo, por la nave lateral de la derecha. 

No estaba la misa muy concurrida aquel 
día, tal vez por lo temprano de la hora ó 
porque se reservasen los fieles para la solem- 
nidad de la fiesta. Algunas viejas arrellanadas 
cómodamente en las sillas, dormitando y mo- 
viendo mesuradamente los labios, modulando 
con voz ininteligible un rezo, y cuyas cabezas 
oscilaban, se iban de los lados y de frente 
con impulso súbito que dominaba un segundo 
después la fuerza de los músculos puestos en 
tensión. Había pocos hombres, casi todos de 
pies en actitud hierática, y uno que otro mozue- 
lo que cruzaba las naves investigando con vi- 
vsual escrutadora algún semblante juvenil de 
hembra á quien galantear con una mirada ó un 
requiebro de amor. 

Caminé despacio directamente hacia el al- 
tar de la Dolorosa y llegado allí me coloqué 
en el ángulo, cuya oscuridad brindaba asilo á 
mi neurosis. 

Junto á la mesa donde deposita el acólito 
las vinajeras y los blancos purificadores y cor- 
porales, estabais vos, puesta de hinojos, leyendo 



MISIVAS 77 

en vuestro devocionario con un silabeo místico, 
silbado, suave, como de beata abstraída en la 
oración. 

En el templo imperaba la solemne quietud 
de los espíritus confundidos en el seno del 
Altísimo, la suprema tranquilidad de los jus- 
tos que no temen el demonio. Este silencio 
era interrumpido de manera imponente por la 
voz del sacerdote y ayudantes, seguida por las 
vibraciones del armonium, acompasadas, al uní- 
sono del canto con que respondía el maestro de 
capilla. 

Sólo cuando el oficiante levantó la hostia 
sagrada, de blancura mate, oscurecida en su 
centro por la señal de una gran cruz, se suce- 
dió un ligero movimiento de sillas y reclina- 
torios y se escuchó el sonido de toses secas, 
exhaladas por los que esperaban este momento 
para sacudir la asfixia de la garganta y de los 
pechos. Entonces vos también levantasteis la 
vista para contemplar la blanca forma euca- 
rística y llevasteis sobre el seno, en el lugar 
del corazón, vuestro puño cerrado, murmu- 
rando con voz emocionada las palabras de la 
augusta adoración. 

Después, el vago murmullo del Padre 
Nuestro elevado al trono de Dios por la mul- 
titud creyente en la sublime invocación de su 
Providencia misericordiosa y grande. Y por 
último, , las manos del sacerdote derramando 
sobre aquellas cabezas la bendición del cielo 
preñada de esperanza y de consuelo. 

Iban saliendo los devotos unos tras otros, 
cumpliendo antes el rito de persignarse con 



78 ALEJANDRO RIVAS VAZQUB:z 

el pulgar mojado en agua bendita ; mientras que 
vos permanecíais inmóvil, absorta en la ple- 
garia, imagen de la fé exaltada al paroxismo, 
viva encarnación de nuestra raza histérica y 
fanática. 

Transcurrieron así algunos instantes y de 
pronto, como si despertaseis de un letargo en 
el que hubieseis estado sumida muchos días, 
dirigisteis la mirada alrededor con vaguedad 
beatífica, poseída todavía por el espíritu del 
salterio y la luz de los tronos celestiales. 

Luego, haciendo una piofunda reverencia 
al Santísimo Sacramento, iluminado por cua- 
tro cirios que chisporroteaban perezosamente, 
caminasteis con paso mesurado hasta llegar al 
confesonario y ahí caísteis nuevamente de ro- 
dillas y acercasteis vuestro rostro al ventani- 
llo enrejado. 

Debían de ser muy tremendas las dudas 
que gravitaban sobre vuestra conciencia, pues 
más de media hora duró la confesión de vues- 
tras culpas, que hoy tampoco pueden ser mu- 
chas dada vuestra vida conventual y sí deben 
de estar agravadas por las exajeraciones y 
sutilezas de la santidad temerosa del pecado. 

Cuando comprendí que erais absuelta por- 
que os vi rezar en alta voz el acto de contri- 
ción, salí del templo á esperaros, aguijoneado 
por la curiosidad de estudiar en vos las ma- 
nifestaciones de aquella conmoción de idealis- 
mo religioso y de beatitud angélica. 

¡ Oh, señorita !, cuan cambiada en tan po- 
cos días ! . . . Vos no podíais ser la elegante 
joven que se descotaba hasta el nacimiento 



MISIVAS 79 

de los brazos y del seno, pnra asistir á los 
grandes bailes del snobismo caraqneño lucien- 
do la mejor modelada garganta que hubieran 
podido soñar los genios de la estatuaria ! Tan 
delgaducha os encontré y os creí tan débil, 
que tuve temores de que cayeseis al contacto 
de la muchedumbre que entraba á la festividad 
del Corpus. Vuestra piel mostraba un color 
terroso y tintes extraños, indudablemente pro- 
ducidos por las maceraciones del cilicio. De 
vuestros ojos, que giraban en dos grandes 
órbitas, de concavidad profunda y amoratada, 
salían dos haces de luz mortecina, como rayos 
de hoguera que se extingue á fuerza de fal- 
tarle combustibles. Sobresalidos los pómulos, 
las mejillas enjutas y los labios encogidos y 
delgaduchos, plegados sobre la barba como si 
constantemente hiciesen una mueca de desdén. 
Las manos descarnadas, una de las cuales 
al posarla sobre vuestra lacia cabellera para 
sujetar una peineta, resbaló sobre vuestro hom- 
bro ... i A qué estado os baldía conducido el 
ascetismo ! . . . 

Y recordé entonces vuestras graves ame- 
nazas de ser Hermanita de los pobres, y que 
uno de mis amigos me dijo un día que vos, 
en una de vuestras genialidades y caprichos, 
habíais hecho voto de castidad y os habíais 
consagrado á llevar vida de beata, comulgan- 
do diariamente y trajeando casi, casi, los há- 
bitos monjiles. Cuando tal me dijo lancé una 
carcajada, imaginando que vos lo haiíais, como 
muchas, únicamente por . satisíacer una vani- 
dad de mujer á la moda, haciendo ostenta- 



8o ALEJANDRO RIVAS VÁZQUEZ 

ción de fe no sentida á imitación de los anti- 
guos fariseos ; y que si ibais á los templos 
con frecuencia, iríais como tantas otras que, 
profanando su recinto sagrado, se dan en tilos 
citas con sus novios y van á las fiestas so- 
lemnes de larga duración, como pudieran ir 
á los Teatros á lucir la belleza de un tocado 
ó á coquetear á la muchedumbre masculina. 
No soy, señorita, de los que creen en 
ese poderío de abstracción que presupone una 
plegaria de tres horas, ctiando si, precisamen- 
te, por la oración vuelve el alma á confun- 
dirse en los senos de que fué creada, ella debe 
de ser profunda, austera y absoluta, como 
son profundos esos senos, como austera es la 
fe que á ellos nos conduce y como absoluta 
es la razón que nos gobierna. 

Señorita : 

El imperio de la Religión sobre las almas 
tiene por linderos : el camino de la virtud 
sinceramente profesada y el interés social de 
los humanos. Ella tiene por objeto purificar 
la conciencia y prepararla en esta vida para 
la trasmigración al paraíso ; pero nunca debe 
entrabar la marcha de la humanidad en su 
movimiento ascensional derrotero del progreso ; 
porque la sustracción ó supresión de una ac- 
tividad individual y concurrente, implica el 
hecho delictuoso del suicidio, jamás justifi- 
cable. 

Yo os quiero cristiana, creyente, ilumi- 
nando con los destellos de vuestra casta fe 



MISIVAS 8l 

las sombrías tinieblas de la duda que avasallan 
el espíritu del hombre ; sirviendo vuestra vir- 
tud en la noche de las catástrofes siniestras 
de faro á la existencia del hogar para condu- 
cirlo seguro al puerto de ia temporera ventu- 
ranza. Pero no fanática, nunca beata ! La 
exageración religiosa es el gran pecado de la 
humanidad y el que en más de una ocasión 
ha volcado el orden moral sobre la tierra. 

El término medio : divino en el pensa- 
miento, humano en el corazón y en los actos. 
Hé aquí la verdadera religión. 



NOVENA 



Señorita 



Con el punto final de mi anterior rompí 
la pluma. Decepcionado y triste, plena el alma 
de la convicción siniestra, tuve ganas de llorar 
y de sentarme, moderno Jeremías, sobre las rui- 
nas humeantes de uno de mis caros ideales. 
Vos erais perdida á mi esperanza nobilísima de 
regeneración moral. 

El misterioso proceso de mi amor, de mi 
pasión intensa y pura, tan pura como Eva antes 
del pecado, surgió luminosa de los senos del 
recuerdo para avivar la tortura incruenta de 
mis luctuosos desengaños. 

Las brisas que soplaron mi cuna al lado 
de la vuestra los días primeros de mi infancia, 
las vi colarse gemebundas y abatidas, en los 
abismos del pasado. Sus ecos salmodiaban los 
cantos funerales. 

lyos banquillos del colegio en que juntos 



86 ALEJANDRO RIVAS vizQUKZ 

solíamos pasar las horas de la clase y en los 
que tantas veces mis labios empaparon las lágri- 
mas de vuestros ojos y en que tantas otras 
reñimos por bobadas de chiquillo, los vi que- 
brarse perezosamente, como impedidos por la 
secreta angustia del dolor, dolor de morir, des- 
pués de haber sido testigos de la dicha de dos 
criaturas inocentes. 

El verdor de la campiña, la fronda de los 
huertos, la altura de los montes por donde ale- 
gres correteamos los tiempos de las vacaciones, 
todo apareció en la lejanía de la memoria cu- 
bierto por un cielo sombrío, cuyo sol se retiraba 
apagando su rubia cabellera tras las grises bru- 
mas del horizonte oscurecido. 

Y, por último, la noche en que, trémulo, 
palpitante, apenas balbuceando las palabras, os 
hice la confesión y juramento de mi amor. Os 
vi entonces tal como aquella noche os encontró 
sublime mi pasión, cuando con plácida sonrisa 
también me jurasteis correspondencia sobre la 
fe del Cristo y la luz de la verdad. 

La halucinación de aquel proceso gravitó 
sobre mi ser desde ese día, enervando mis fuer- 
zas y sumiéndome en el sopor de las grandes 
amarguras. 

Caviloso y taciturno me sorprendieron en 
el lecho las claridades del alba y las sombras 
de la noche. Padecía el mal, desconocido por 
la ciencia, que sume los espíritus en la vida del 
ensueño Ese mal de que nos habla Dumas en la 
análisis incomparable de la psiquis humana que 
ha brotado de su genio. 

Mi mente en sus delirios, soñó mil veces 



MISIVAS 87 

la imagen salvadora de la muerte, prometiendo 
á mi dolor el bálsamo supremo de las tumbas : 
el olvido y el silencio. 

¿Nunca en vos sus alas ha posado la ma- 
riposa nostálgica, la terrible emisaria del dolor 
por el bien ausente ? 

¿ Nunca habéis sufrido el descogimiento 
letal del corazón en el vacío de los afectos? 

¿ Nunca ha humedecido vuestra boca el aci- 
barado néctar de la desilusión ? 

Cuando la primera visite vuestros senos, 
se os nieguen los afectos y humedezca vuestra 
boca el licor del desengaño, entonces sí podréis 
medir el grado de esa fiebre intensa y devo- 
rante que subyuga los ánimos y abrasa los sen- 
tidos. 

¿Para qué deciros que el único remedio, 
la sola salvación consiste en la vuelta radiosa 
del ideal extinto, en el recobro de la ilusión 
perdida, en el florecimiento de las marchitas 
esperanzas ? 

Por eso cuando hoy me entregaron vuestra 
esquela, experimenté un sacudimiento vigoroso. 

Lleno de ansiedad rasgué la cubierta y 
pretendí leer de un golpe las palabras que habíais 
trazado con vuestra fina letra inglesa. A me- 
dida que mis ojos recorrían velozmente los ren- 
glones, una agitación suprema me invadía y, 
cuando concluí, un grito, una exclamación de 
júbilo, brotó de mi garganta. 

El público, que conoce vuestros desvíos de 
irredenta, no debe ignorar vuestra profesión de 
fe, ya redimida. 

Hé aquí vuestra misiva, tal como llegó á 



88 AI^EJANDRO RIVAS vizQUKZ 

mis manos, silenciando sólo vuestra firma por 
no herir vuestra natural reserva. 

" Enrique : 

*'Me has vencido! ... Mi orgullo cede 
en esta lucha á los impulsos del amor. 

"Siento el alma extenuada, mi corazón 
está destrozado, mi vida es un vía-cruxis con- 
tinuado, y si no tuviera fe y esperanza en el 
consuelo de tu afecto, tal vez la existencia mis- 
ma me pesara. 

"Escucha mi historia de estos meses — que 
han pasado, dejando en mi pecho cada uno el 
puñal de tus misivas. 

" Un día llegué á creer en tu olvido, en 
la muerte de tu pasión por mí y, desesperada, 
loca, quise buscar en la insania de otras pa- 
siones el alivio á mi dolor, la embriaguez de 
mi infinito sufrimiento. 

"Y fue la pasión política la que primero 
deslumhró mi vista vacilante y entregué al ardi- 
miento de sus odios y á la brutalidad de sus 
combates, la idealidad de mis sueños, las ilusio- 
nes y las ternuras de mi pecho. La política 
me emponzoñó el alma y, ávida de amores y se- 
dienta de ejercer mis rencores, me di á la tarea 
de conquistar corazones y rasgarlos después, con 
plácida crueldad. Y coqueta, siendo el objeto 
de necias lisonjas y del culto de imbéciles aman- 
tes, llegué á creer que era en realidad perfecta 
y cuando mi mano trazó la contestación á tu 
primera carta, ya yo estaba enamorada de mis 
formas y pigadi de mi singular belleza. 



MISIVAS 89 

"Mas aún sentía en mi ser una vaga in- 
quietud, un secreto escozor que torturaba mis 
pensamientos de mujer victoriosa : era el recuer- 
do tuyo, de tí, Enrique, que tal vez eras di- 
choso, y para arrancarme esta espina lastimante, 
fui murmuradora de tu vida ... en verdad, 
¡ triste venganza ! . . . 

"Y, desesperando herirte de este modo, 
te escribí mi segunda esquela, queriendo abatir 
tu orgullo con la ostentación de mi linaje . . . 
y fui vencida por tu crítica mordaz y tus con- 
sejos. 

** Cuando recibí tu séptima misiva, mi co- 
razón fue ahogado por la cólera. Me acome- 
tieron ímpetus de salir á castigarte, de abofetear 
con mi mano ofendida tu mejilla de injuriador 
salvaje. Llegué á odiarte intensamente . . . 
¡ mentira, mi amor ! . . . llegué á creer que 
te odiaba. Tu recuerdo fue mi pesadilla y creí 
que de ella sólo podía libertarme el ascetismo. 
Y me entregué á Dios ! . . . 

"¿Sabes tú lo que mas que todo me hacía 
desesperar? El pensamiento de que nunca me 
tuviste el afecto que tantas veces me juraste, 
y que estos juramentos los hiciste para tomarme 
como un objeto de lujo que presentar á tus 
amigos. Imaginando ésto anhelé la muerte y 
sentí en mi cerebro una vaguedad inmensa, un 
frío doloroso. 

"Todas las mañanas, al ir al templo, pa- 
saba cerca de los vidrios de tu ventana y dirijía 
al interior una mirada y te veía inclinado sobre 
un libro y sonriendo con ironía intencionada. 
Caprichos de mujer ! . . . 



QO ALEJANDRO RIVAS VÁZQUEZ 

'' Y cuántas veces me hinqué frente al altar 
recitando una plegaria y mi alma no sentía á 
Dios ni oraba á Dios, si no que era opresa por 
un dolor misterioso. ... el dolor de tu re- 
cuerdo. 

" Pero hoy, ya todas las tinieblas que amon- 
tonó sobre mi cielo la ejecución de mis pecados, 
han desaparecido. Todas nuestras amigas han 
venido á decirme que tú, después que me escri- 
biste la última misiva, sufrías un mal terrible, 
sin que el mundo, que te veía languidecer y 
morir, encontrase un remedio para él. 

"Y yo que lo conozco, te envío Enrique 
en esta carta, la protesta de mi amor, inmenso 
y puro como siempre, constante como el tiempo 
y como el tiempo . . . sin fin ! . . . " 

Esplendéis por último, señorita, llena de 
gloria, sublime y admirable ! 

Rasgasteis con mano pía en mil pedazos 
la túnica de los vicios que por algún tiempo 
cubrieran las formas inmaculadas de vuestro ser 
moral y, para coronación de vuestra obra magna, 
volvisteis la salud á un alma enferma. 

Oveja descarriada en el intrincado laberinto 
de las debilidades humanas, retomasteis el buen 
camino y marcháis por el sendero luminoso del 
deber : el deber social que os reclama la exis- 
tencia y el deber individual que regula y modera 
las exageraciones de aquél. 

Hoy, si á mi pluma matizara el colorido 
de la frase ó si en mi cerebro germinara el 
estro del poeta, entonaría un himno de prez, 
un canto de alabanza á vuestra glorificación 
excelsa ¡ mujer incomparable ! 



MISIVAS 91 

Vuestra virtud irradiando en toda su pu- 
reza ; vuestra perfección anhelada y conseguida, 
he aquí el fetiche ante el cual me inclino re- 
verente y se postra mi espíritu de hinojos, extá- 
tico y absorto. 

Si fuera dable á mis deseos, sobre vuestras 
sienes blancas, blancas y tersas como la flor 
del azahar y el cáliz de los lirios, blancas y 
duras como los copos de la nieve, blancas y 
castas como el plumaje de la paloma, blancas 
y santas como las túnicas que ciñen las potes- 
tades celestiales, yo colocaría una magnífica co- 
rona refulgente, construida en la fragua de los 
dioses y exornada de zafiros y rubíes, de perlas 
y brillantes, de esmeraldas y topacios. 

Sonó, por fin, la hora en que debía cesar 
el ominoso yugo de la esclavitud en que os 
habían sepultado la preocupación y el error ; y 
en esa hora feliz, un porvenir pleno de luz 
y saturado de esencias, se abre ante vos, brin- 
dándoos el bienestar y la dulzura. 

De hoy mas, cuando canten los jilgueros 
en la fronda, cuando soplen las brisas del Norte, 
cuando en la azul inmensidad cintilen las es- 
trellas, cuando cubran la tierra las sombras de 
la noche y al horizonte tiñan las coloraciones 
de la aurora, sentiréis en vuestra conciencia el 
hálito de la dicha, el rumor de una música invi- 
sible, grata, misteriosa ... 

Y entonces yo os diré, imitando al Divino 
Redentor : 

Mujer !, el dolor te ha redimido. Las almas 
que sufren son las alm^s elegidas que van en 
la otra vida directamente al paraíso. 



92 ALEJANDRO RIVAS VÁZQUEZ 

Cumplida está mi aspiración y viajemos 
ahora, sobre las ondas del Leteo, en la góndola 
azul de los amores. 

25 de junio de 1900. 



DECIMA 



\ 



Señorita : 



Normalizada ya la paz de mi conciencia; 
reconstituido el equilibrio de mi fe; sepultado 
en el fondo insondable del olvido el soplo de 
infernal escepticismo que abrigó mi alma; lapi- 
dada, muerta, para siempre extinta, la sombría 
mueca de mi duda; rientes, alegres, felices, 
revoloteando en los senos del creyente afecto 
las azules mariposas de mis ideales, y juveniles 
y lozanos los blancos pétalos de la flor de mi 
ilusión, vaya esta misiva, á manera de iris bo- 
nancible, á llevar á vuestro espíritu la protesta 
de mi ventura descansada irrevocablemente en 
la confianza que nuevamente os juró mi corazón. 

Vos seréis esposa y tal vez madre. 
Os falta todavía escalar este augusto peldaño 
de la vida, ofrendar este último y supremo bien 
á la humanidad que os admira y reverencia. 

No dudo un sólo instante que vuestros 



96 ALEJANDRO RIVAS vlzQUEZ 

sentimientos de virgen piadosa, trocados maña- 
na en los tiernos maternales, tomen el sendero 
que demarca la justa aspiración de la virtud. 
Mas ello no obsta para que, en mis propósitos 
de ser el guía de vuestra existencia, cuya tran- 
quilidad amenaza romper el oleaje impetuoso 
de los vicios que azota el seno de la decadente 
sociedad de nuestra época, os dirija también 
las advertencias que ha recogido mi destrozado 
corazón de la incesante lluvia de tremendos 
desengaños que ha hecho sobre él caer la dura 
mano de la adversidad. 

Señorita, cuando seáis señora, sed ante 
todo buena madre, cumplid primero que nin- 
guno el inmenso deber de vuestro sexo. 

Cuando disoluta y relajada la humanidad 
tienda á su fin cercano en medio á la siniestra 
orgía de sus ansias brutales y sin freno, vuelto 
cenizas ó roto que haya sido el ideal moral, 
la conciencia de la buena madre brillará serena 
como faro entre las rocas, destruyendo las ti- 
nieblas y señalando á las generaciones del por- 
venir el verdadero camino por donde las almas 
ascienden al imperio de la luz; cuando el estertor 
del mundo en su agonía resuene en los ám- 
bitos, poniendo espanto en los corazones que 
abrieron sus válvulas al mal y se cargaron de 
corrupción, un aliento suave, como de lirio que 
se extingue con la última claridad de Vespes, 
brotará del pecho de la buena madre para 
perfumar el ambiente enrarecido donde moran 
los seres, pedazos de su afecto inmaculado; y, 
cuando en la noche pavorosa de los tiempos 
que se precipitan, aparezca radiante la espada 



MISIVAS 97 

flamígera del eterno justiciero y se escuchen 
las angélicas trompetas que llaman á los hom- 
bres al juicio postrero de la vida, la buena 
madre podrá comparecer ante las miradas del 
Altísimo sin que una gota de sangre ruborosa 
tina la nivea blancura de su frente, preparadas 
sus sienes á ceñirse la diadema resplandeciente 
de la inmortalidad y abiertas á su paso las 
puertas de la Gloria. 

Y bien, señorita, ¿qué entendéis vos por 
buena madre? Lo fue la vuestra? 

Perdonad á quien os escribe en ejercicio 
de un ministerio voluntario, que dirija una 
mirada de análisis á vuestro corto pasado y 
formule una sentencia. Esta dCvSgarrará la fibra 
más tierna de vuestros sentimientos — el filial — ; 
pero, también, bautizado en esa piscina del 
dolor, os llevará el conocimiento de mis anhe- 
los supremos á los cuales siempre he deseado 
conformar vuestros pensamientos y el súbito 
impresionismo de vuestra naturaleza apasio- 
nada, para descorrer en vos nuevamente el velo 
de ese santuario que levantó la austeridad pia- 
dosa de mi fe y encender en él la llama de 
mis castos y purísimos amores. 

Cuando nacisteis imperaba la opulen- 
cia en vuestro hogar. Cuando por la primera 
vez palpasteis la materialidad de los objetos 
de la tierra, sentisteis la muelle suavidad de 
un lecho cuyo fondo llenaban las más finas 
plúmulas de la garza y que ostentaba artís- 
ticos bruñidos en el sonrosado palo santo. 

Separasteis tímidamente los párpados y la 
impresión de vuestro ser, fue el deslumbni- 



98 ALEJANDRO RIVAS VÁZQUEZ 

miento de uu lujo espléndido, al que más tarde 
se acostumbraron á mirar vuestras pupilas y á 
querer vuestros caprichos. 

Fuisteis creciendo en medio á los mil ha- 
lagos que pródiga os brindaba la fortuna; aca- 
riciada vuestra barbita de muñeca por la mano 
perfumada de los da?idys que pisaban la alfom- 
bra de vuestros salones; llamada linda y pro- 
fetizado para vos un porvenir cuasi divino, por 
las malas gentes que tomaban asiento en los 
suntuosos banquetes que con frecuencia daba 
vuestro padre. 

Y vuestra madre en tanto? Ah ! dema- 
siado preocupada en el equipo de su singular 
belleza, en la fastuosidad brillante de sus tra- 
jes y en la marcada peculiaridad de sus to- 
cados que le dieron siempre el puesto de ho- 
nor en los saraos y la hicieron llamar la 
reina de las fiestas, nunca veló vuestros sueños 
infantiles, ni tampoco aleccionó vuestro corazón 
con el ejemplo del bien, ni aún siquiera juntó 
los dedos pulgar é índice de vuestra diestra 
para enseñaros á hacer la señal de redención 
del género humano. 

Y fuisteis creciendo sin que sufriese la más 
leve insurrección vuestro pudor, en un medio 
viciado, cuya atmósfera caliginosa marchitó bien 
pronto las rosas blancas, símbolo de la pureza, 
que un hado misterioso prendió á vuestro es- 
píritu cuando surgisteis á la vida, y sus péta- 
los fueron cayendo uno á uno y con ellos se 
alejaron de vos la inocencia y la inefable cas- 
tidad de los ángeles que se conservan en la 
gracia divina. Entonces rodasteis como Luzbel, 



MISIVAS 99 

con vuestro rostro hechicero, al abismo de la 
perversión, con tanta mayor velocidad cuanto 
que obedecíais también á la fatal inclinación 
de vuestro temperamento, sensual, pleno de vo- 
luptuosidad y de histerismo. 

A los diez años la adulación cortesana os 
hizo una coqueta. A los once ya erais amiga 
de las Estudillitos y las Mendozas, mujeres to- 
das escalonadas de los diez y ocho á los treinta 
años y que cada una contaba una historia de 
quinientos amoríos. Ninguna de sus conver- 
saciones se escapó á vuestros oídos de criatura 
y mirasteis despreciativamente vuestra caja de 
muñecas. A los doce ya teníais amores con 
Eduardo Azcárate y abandonasteis el colegio, 
pues ya erais una señorita con novio por la 
ventana. Y á los trece, cuando vuest-ros senos 
despuntaban su desarrollo y fuisteis púbera por 
obra de la naturaleza, ya no teníais nada que 
envidiar á las matronas de setenta años y, 
¡ quién sabe ! si hubierais podido ser el maes- 
tro de sus cabezas experimentadas; á tanto 
alcanzó la fuerza progresiva de vuestra preco- 
cidad. 

Y.... sin embargo, como sois de buena ! Oh ! 
que falta os hizo la dirección maternal en los 
tiempos de vuestra tierna edad. Si desquiciada 
en el abismo del vicio, pudo conseguir la 
sublime aspiración de mis afectos la absoluta 
regeneración de vuestro espíritu, qué no hu- 
biera podido hacer la sabiduría intencionada 
de una madre ! • 

Próximo á cerrar las pupilas este centenario 
que llamamos siglo XIX, un hálito de corrup- 



lOO ALEJANDRO RIVAS VÁZQUEZ 

ción y una sonrisa de profunda duda acompa- 
ñan su cuerpo moribundo á la fosa de los 
tiempos, y nadie creerá tal vez, señorita, en 
este milagro de la fe, en esta resurrección de 
la virtud en medio al desmoronamiento trá- 
gico de los sacros ideales que soñó Jesú^ cuando 
espiraba en la cumbre del Calvario. 

I^a humanidad navega en el piélago inson- 
dable de un escepticismo desgraciado. La nave 
de la vida se encuentra desmantelada y sin 
rumbo, roto el timón de la ilusión y la espe- 
ranza, destrozado el velamen de la sinceridad 
y la nobleza de todos los sentimientos, vuelta pe- 
dazos la quilla y la proa de todos los afectos. 

Gentes conozco que, con la primera visual 
de conocimiento que dirigen á una persona, 
formulan en su mente este concepto: ¿ cuál 
será tu verdad, di, de qué color es tu máscara 
de cristiano? 

Y bien, qué fuego creéis que alumbra la 
conciencia de estos desdichados"^ No sé por 
qué imagino que la naturaleza del fuego que 
incineró de tal manera la fe de esas concien- 
cias, es infernal, ese fuego lo formó la chispa 
de los desengaños, y el desengaño tiene por cuna 
el infierno porque es el infierno de la vida. 

Quizás esas gentes ayer fueron felices, y 
soñaron también hermosos sueños de ventura; 
pero el ñero aquilón de las tempestades socia- 
les hizo naufragar en ellos el candor creyente 
que ofrendaron al mundo en su primera esca- 
ramuza. Y, de todos los aquilones, el más fiero 
es aquel que, despedazando la virtud en el 
corazón de la mujer, despoja al hombre de su 



MISIVAS TOI 

más querida concepción y de su ansia más ar- 
diente: el hogar, cimentado en la fe absoluta, 
en la ciega y recíproca confianza de los seres 
que lo forman. Sin esta fe no es posible el 
bienestar ni la dicha y un tinte de profunda 
y amarguísima dolencia imprime su sello en 
el corazón á cada instante de la vida, tornando 
ésta para siempre sombría y melancólica, sin 
esperanzas ni alientos consoladores, como la 
de un tísico en el período postrero. 

Ya veis, señorita, el mal horroroso que os 
señalo. Os pido perdón si por haberos escogido 
á vos misma para ejemplo, he vuelto á heriros 
con el puñal de mi franqueza; pero á veces, 
como al cuerpo para sanarle sus dolencias, es 
preciso cauterizar el alma sin piedad. 

La medicina para combatir ese mal os la 
indico en todo el texto de estas cartas; pero 
espero hacerlo de modo más concreto en una 
nueva que selle el proceso de la crítica y con- 
sejos que os he venido dirigiendo. 

3 de setiembre de 1900. 



UNDÉCIMA 



2— 



Señora : 



I^a regia corona de himeneo orló por fin 
vuestras sienes con sus blancos y perfumados 
azahares. 

Sois mi esposa, me pertenecéis por la po- 
sesión victoriosa del amor, más dulce que la 
miel de Himeto, más plácida y serena que el 
rayo argentado de la luna. 

A vos entregué mi nombre y sobre vuestra 
conciencia, imbuida en el deber y sostenida por 
la virtud, descansé también mi honor y la feli- 
cidad de mi existencia. 

Habéis entrado en el ejercicio de un augus- 
to ministerio : sois sacerdotisa de un culto, por 
todas las religiones consagrado, y para oficiar 
en su templo es menester que se encuentre el 
alma exenta de toda mácula. 

Al quitaros el blanco velo de novia habéis 
también suspendido el velo de vuestra irres- 



I06 ALEJANDRO RIVAS VÁZQUEZ 

ponsabilidad. De todos vuestros actos se deri- 
van consecuencias necesarias para el hogar que 
acabáis de constituir. 

Charlemos ahora, en la calma de la dicha 
gradualmente recogida, un poco del poi venir. 
Ya lo hicimos del pasado y, á fe mía, os juro, 
que mi corazón está ufano de no haberos negado 
sus consejos. Oíd, ahora, los que os dirige de 
nuevo, ya que os habéis querido asociar á él, 
en el rudo combatir por la existencia y habéis 
unido vuestra suerte á la suya, irrevocablemen- 
te, con el perpetuo eslabón del matrimonio. 

La mujer, cuentan las enseñanzas bíblicas, 
fue hecha de una costilla de Adán; pero la sus- 
tancia material de nuestro primer padre era, 
ó la transformación de su costilla fue, un cuerpo 
mas delicado que el fino cristal de roca, pues 
el brillo que despide la mujer se empaña con 
el imperceptible aliento de una rosa y con la 
tenue luz de las estrellas 

Con que, decidme, señora, si la empaña- 
rán tal vez, el aliento saturnal que en los tró- 
picos exhala la sensualidad masculina y el brillo 
fascinador de nuestras pupilas de sátiros ! . . , 
Qué difícil es, señora, sustraerse en este me- 
dio á la voluptuosa sugestión de los senti- 
dos ! . . . 

Por esto, vuestro supremo deber es la con- 
servación del honor; pero no así una conserva- 
ción claustral y recelosa que dé asuntos á las 
perversas hablillas de vecindad y al trágico 
puñetazo del gran galeoto, nó. Es menester 
que sea el triunfo solemne de la virtud que no 
sucumbe y cuya fosa no se abrirá jamás, la 



MISIVAS 107 

imposición augusta del deber, sentándose en el 
trono resplandeciente de la fama, adonde nunca 
pueda señalar el inmundo dedo de la murmu- 
ración y la calumnia. 

La mujer realmente adúltera ó sospechada 
de adúltera, no tiene remisión de su pecado. . . 
Sólo Jesús pudo echar á sus CvSpaldas el manto 
misericordioso del perdón ; pero no pidáis á 
la flaqueza humana lo que sólo puede dar el 
espíritu de un Dios. 

Vuestro segundo inmenso deber consiste en 
la educación de vuestros hijos. 

Quizás nunca hayáis hojeado las páginas 
inimitables del Emili(^, En las próximas noches 
de invierno, voy á leeros ese apostrofe sublime 
de Rouseau á la criminal indiferencia de las 
madres. 

La conciencia de un niño es, como la blanda 
greda, susceptible de tomar todas las formas á 
voluntad del arquitecto que haya de hacerla el 
sólido cimiento del vasto edificio de la perso- 
nalidad moral. Pero después de endurecida por 
la ejecución de los actos de la existencia, es 
imposible torcerle el rumbo ni abrir en ella 
nuevos surcos. 

Educad, señora, vuestros hijos, en el amor 
al bien por el bien y nunca en el temor al 
castigo por el mal ni en el amor al bien por 
el premio en esta ni en la otra vida. 

Este temor á la pena y este anhelo de ser 
premiado, originan, una vez perdida su noción, 
el desbordamiento tempestuoso de todas las pa- 
siones .y la insania de todos los instintos. 

Enseñadles á querer la humanidad y á des- 



I08 ALEJANDRO RIYAS vizQUKZ 

pojarse de esa estrecha y fatal misantropía con 
que la naturaleza sella al nacer todas las criatu- 
ras. Y en ese impulso del corazán hacia el al- 
truismo, definidle un poco mejor las riberas de 
esa humanidad que puebla el planeta y señalad 
á su consagración especial la idea de la Patria 
que los vincula en su seno por el lazo indes- 
tructible del amor y de obligaciones inviolables. 

Disipad de su conciencia esa tiniebla del 
error, esa densa nube que de ordinario forma 
la ignorancia para ocultar la verdad, esa co- 
lumna sobre la cual se apoyan las plantas de 
los hombres para desafiar al cielo, ese vicio, 
en fin, que el sabio rey del pueblo de Dios con- 
sagró en esta frase : vanidad de vanidades y 
siempre vanidad. 

Iluminad yu inteligencia con la luz del sen- 
timiento. 

Modelad su espíritu en la realidad de las 
cosas. 

Y mañana, cuando lance vuestro pecho el 
último suspiro y para siempre os alejéis de 
nuestras playas, un valioso patrimonio, la he- 
rencia más rica y duradera, cuyos yacimientos 
jamás encontrarán fin, habréis legado á vues- 
tros hijos : un nombre honrado y una concien- 
cia recta é ilustrada. Aquél, es el brazo pode- 
roso y aguerrido al que conduce y sostiene en la 
selva inextricable de la vida la refulgente luz 
que ésta despide. 

Podréis entonces sonreír satisfecha con la 
muerte, darle alegre un abrazo al misterio impe- 
netrable, descender tranquila al sepulcro y sobre 
vuestra fosa, cuya tierra será amenudo removida 



MISIVAS 109 

por el genio del amor y la apoteosis del recuerdo, 
caerán muchas lágrimas de gratitud piadosa y 
comenzará la poética germinación de flores : 
los albos y perfumados lirios, las crisantemas 
amarillas, las siemprevivas blancas y las blancas 
azucenas y las suaves y púdicas violetas, flores 
que sólo exornan la morada de los btienos que 
se han ido para no volver y que nos aguardan 
asomados en los postigos de la eternidad. 

2 de octubre de 1900. 



FIN 



índice 



PAG. 

m 

Ofrenda V 

Prólogo IX 

MISIVAS 

Pórtico 3 

Primera 5 

Segunda 13 

Tercera 21 

Cuarta 31 

Quinta 41 

Sexta 51 

Séptima 61 

Octava 71 

Novena 83 

Décima 93 

Undécima 103 



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